Una visita al Buen Pastor

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Foto de José Alejandro Gómez - Internas del patio 2, Cárcel El Buen Pastor. Bogotá, Colombia.
Foto de José Alejandro Gómez – Internas del patio 2, Cárcel El Buen Pastor. Bogotá, Colombia.

Por José Alejandro Gómez León

Jorge, el taxista que me condujo a la cárcel El Buen Pastor de Bogotá, permanecía en silencio, y de un momento a otro y junto al ensordecedor sonido de las busetas me dijo: “Me robó una vieja que está en la cárcel, Olga se llama, se entregó hace poco, era la dueña de una pirámide en Zipaquirá donde yo invertí unos cuantos miles de pesos, por la ambición de querer hacer plata fácil “chinazo”, esa vieja hijuemadre… pero mi Dios no castiga ni con palo ni con rejo”, remató su comentario.

En la entrada de la penitenciaria un niño se pasea, y junto a él su inocencia tranquiliza las miradas celosas de los guardias que despojan de todos los objetos a los visitantes, en aquel ambiente lleno de odio y malos tratos.

Luego de esperar unos minutos en las oficinas administrativas, llegó el dragoniante, Dúver Gordillo, encargado del armamento y gran conocedor del lugar. Un personaje con buena vibra, mucha experiencia e historias por contar, que ha soportado las duras y las maduras junto a las más de mil quinientas mujeres que permanecen encerradas, de espaldas a su libertad las 24 horas del día, en esta prisión donde el tiempo no importa porque también se hace preso.

Luego de hacer el papeleo y cumplir con el protocolo para ingresar al recinto, Ramírez, mientras se termina un paquete de papas que esparce su fuerte olor en el lugar, abre lentamente las compuertas blindadas y el aire se asoma pesado, como queriendo escapar. En ese momento caminamos lentamente hasta el fondo y llegamos al pabellón primero, que hasta hace un par de años era el anexo psiquiátrico de la cárcel y que ahora estaba habitado por aquellas mujeres que cumplían con labores específicas y que querían seguir adelante. En ese momento me enteré, que aquellas mujeres mantienen desde ese depresivo lugar a sus familias.

A ese pabellón llegan también las altas, que en la jerga carcelaria, significa aquellas mujeres que hasta ahora están llegando a cumplir su condena y que irónicamente y en los mismos pasillos, se relacionan con las bajas, aquellas que están por salir y recobrar su libertad. Es el pabellón de los sentimientos encontrados, donde una mujer se abalanza sentada en el piso, quizás arrepintiéndose o pensando en todo el tiempo perdido y los sueños arrojados a la basura por falta de cordura o por simple ignorancia. Junto a ella, una mujer no mayor de 35 años deja florecer su vanidad y se arregla como si fuera a la mejor fiesta de su vida, sus ojos brillan tanto que llenan de color su celda y desvanece las gruesas rejas como si fuera una ilusión óptica, propia de los grandes magos que han caminando en la tierra, como si fuera, acaso, a encontrarse con su libertad y con el mejor de sus momentos.

Foto de José Alejandro Gómez - Cárcel El Buen Pastor, Pabellón 2
Foto de José Alejandro Gómez – Cárcel El Buen Pastor, Pabellón 2

El pabellón dos al igual que el pabellón nueve, acoge a las mujeres que incurrieron en delincuencia común, hurto a mano armada o aquellas sindicadas de fraude y en general todo tipo de robos. Al caminar lentamente por estos pabellones y observar a las reclusas, Gordillo, el guardia que me acompañaba, me dice: “en estos pabellones están las más caspas”, y acompaña el momento con una sonrisa que no deseaba serlo.

Caminamos lentamente por el parque de la 93, como le llaman al patio central de la cárcel, y cerca de ese lugar salían una a una las reclusas a tomar el almuerzo en fila india y observándome detalladamente como si jamás hubieran visto a un hombre. A lo lejos, se escucha entre la algarabía una voz suave pero repleta de carácter, que dice, – quién pidió pollo – comentario al que no pude evitar sonrojarme en frente de ese despliegue de belleza en masa, que esperaba su almuerzo y quería ávidamente que esa fila se hiciera eterna, para despejar la mente, hacer amigas, planear una fuga o simplemente tomar el Sol.

La capilla que está cerrada, esparce un aire de tranquilidad y fe, recordándoles que Dios lo perdona todo pero la sociedad no, y las internas pasan desapercibidas, algunas, acuden a darse bendiciones por conveniencia, otras por simple distracción y algunas más, para pedir por algo. Gordillo, me señala con el disimulo característico de un policía, a la señorita simpatía 2009 – 2010, Sonia Vergara, fiel representante del patio 5, que a su vez es el patio que alberga a las extranjeras, también ha quienes cometieron delitos de narcotráfico, lavado de activos, trata de blancas, entre otros, y a las mujeres de estratos altos que están pagando su condena, con o sin vergüenza.

En este punto del recorrido, una pausa me permite hacer una confesión, en El Buen Pastor, las mujeres dejan fluir su expresión más natural y su esencia sin estereotipos de belleza impuestos por la publicidad y la sociedad, vemos a la mujer sin la máscara al servicio del machismo, que por años la ha discriminado y no le ha permitido estar en el lugar que realmente le corresponde.

Llegamos entonces al pabellón cuatro, donde se encuentran las madres con sus hijos hasta los tres años de edad, y recordé la imagen del niño que estaba paseándose a las afueras del reclusorio. Gordillo, me cuenta que los niños durante el día son trasladados al jardín infantil que está ubicado a la entrada, junto a los dormitorios de los guardias, allí las reclusas de más confianza les enseñan a leer, a escribir, a pintar y a afrontar la realidad de la mejor manera posible. Es realmente duro entender que sus primeros años los están viviendo en una cárcel, es confuso, pero injustamente necesario, que aquellos seres símbolos de la inocencia, sean los más culpables de urgir el cariño de sus madres y de pagar de una u otra forma, su más injusta condena.

En alguna oportunidad, en esta cárcel (que muy pronto será cerrada y trasladada, para construir un centro

Foto de José Alejandro Gómez - Internas en hora de almuerzo, pasillo central, Cárcel El Buen Pastor.
Foto de José Alejandro Gómez – Internas en hora de almuerzo, pasillo central, Cárcel El Buen Pastor.

comercial y brindarle más “seguridad” al vecindario) nació una niña, que después de un tiempo y por las vicisitudes del destino, fue recluida y años más tarde murió en aquel mismo lugar. O, un año atrás, una interna decide ahorcarse en la madrugada, debido a deudas que le había dejado la droga.

En El Buen Pastor es común denominador de cada fin de semana, que los guardias encuentren en los visitantes los denominados “subidos”, es decir, gente que ingresa en sus partes nobles armas, droga, celulares y todo tipo de objetos prohibidos en el penal. Los sábados las visitas las hacen únicamente hombres y los domingos las mujeres. En una ocasión de visita, un niño de 17 años se desmayó mientras hacia la fila a las afueras de la cárcel, cuando lo atendieron, encontraron calado en su ano, un celular “flecha”, y 100 gramos de marihuana envueltos en dos condones.

El pabellón tres, está integrado por las “residentes” o mujeres que reinciden en delitos y vuelven a la cárcel, son generalmente conocidas por los guardias y sus miradas rebosan vacías y llenas de odio. En el pabellón seis, están las mujeres que en algún momento de sus vidas formaron o forman parte de la guerrilla, el ingreso a este pabellón fue difícil y el ambiente se tornó tenso, fue un momento de sensaciones múltiples, acompañado de penetrantes miradas, que grababan mi rostro y se escondían tras las capuchas y las mantas, fue el lugar donde más me sentí observado y en el que menos quería estar.

En la cárcel el lesbianismo se da en más de un 60%, algunas veces por necesidad, por moda o simplemente por presión, y las fugas no son tan comunes como se puede pensar. Gordillo, a eso de las dos de la tarde y observando una posible ruta de escape, me comenta que la mujer es más miedosa en esos temas, olvidando que son todo lo contrario, que son más berracas, pacientes y menos estúpidas que los hombres, que mueren intentando escapar de su encierro, olvidando que son capaces de aguantar por nueve meses a un ser en su vientre y que la fuga puede ser a veces peor que la misma cárcel.

Foto de José Alejandro Gómez - Cárcel El Buen Pastor, Pabellón 5.
Foto de José Alejandro Gómez – Cárcel El Buen Pastor, Pabellón 5.

En este lugar no existe espacio para los arrepentimientos, no se debe llorar por la leche derramada, sino se tomó cuando se tuvo la oportunidad, esa oportunidad colectivamente olvidada, esa oportunidad de ver el Sol todos los días desde cualquier lugar del mundo, esa oportunidad de sonreír, de caminar libremente, de amar y compartir con nuestros seres queridos, de conocer, de estudiar, de ser alguien, de ayudar a los demás y de valorar cada momento en libertad en esta hipócrita sociedad productora de odio, rencor y violencia, que secuestra la mente y nos termina encerrando.

La cárcel es como una ciudad pequeña, hay estratos altos y bajos, servicios básicos, comercio, reinados, drogas, corrupción, etc. Es más ordenada e igual de injusta, donde los ricos viven mejor y los pobres cada vez son más pobres, lo digo, porque las casas fiscales, ubicadas al lado de la penitenciaria, albergan a las delincuentes de cuello blanco, como si estar involucrada con los paramilitares y ser congresista fuera menos delito que robar un bolso o un celular en Transmilenio.

Es tan reconfortante como una madrugada frente al mar, ver cómo esas mujeres valoran cada momento en su encierro, cómo parecen estar más libres que muchas de las personas que me rodean durante el día, cómo contagian de felicidad cada pasillo y cada momento, y cómo reciben el aroma de la poca naturaleza que disfrutan. Es acá cuando me doy cuenta que aquellos que gozamos de libertad, nos encerramos en el consumo, los lujos y las apariencias, y dejamos a un lado el verdadero valor de ser libre y vivir en paz.

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