El colono: machete, chicha y esperanza

Los campesinos no son todos iguales, a través de la historia han evolucionado, pero sobre todo las costumbres, las creencias, la religión y la política han caracterizado los cambios de los campesinos colombianos. Esta es la historia del colono.

Por: Andrés A. Gómez Martín.

A lomo de mula y de caballo, José Delgadillo debe viajar dos días desde su finca ubicada en una vereda lejana del municipio de Belén de los Andaquíes, en el departamento del Caquetá, hacia el casco urbano más cercano. José tiene 60 años, 8 hijos, 3 nietos y es viudo. Sus padres llegaron al Caquetá  en 1969, oriundos del municipio de Chita, en el norte de departamento de Boyacá, se fueron a colonizar los territorios nacionales luego que la violencia los expulsó de su finca.

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Los padres de José llegaron al Caquetá con cuatro maletas, un bebe de brazos y otro en gestación, gracias a disposiciones del estado que por entonces buscaba pacificar a los “ bandoleros”, que se habían alzado en armas desde inicios de los años 40, miles de campesinos emigraron lejos de sus tierras natales con la ilusión de empezar desde cero en otro lugar.

Fueron a parar a Belén de los Andaquies, un poblado ubicado al extremo sur del departamento del Caquetá; de paso por Florencia se le entregaron a la familia 2 machetes, un hacha, una pica, dos guacales con plátanos, bananos y mangos.

Una recua de mulas los esperaba, la instrucción de un funcionario del estado era clara, debían recorrer dos días selva adentro y allí empezar a abrir el “claro” de sus fincas. Árboles enromes, juncos, micos, felinos, serpientes y vegetación majestuosa, recibieron a los colonos. Junto con la familia Delgadillo, otras cuatros familias, completaban el grupo que se adentraba en la selva. Dos familias eran de Marinilla, un pequeño pueblo en Antioquia, una familia era de Chaparral en el Tolima y otra más era de Palmira, Valle del Cauca.

En total eran 30 personas, entre padres, hijos, abuelos, tíos y nietos iban a colonizar la selva. El trabajo comunal fue la esencia de la nueva vereda. Los nuevos campesinos decidieron llamarla Nueva Esperanza. El clima y las enfermedades selváticas eran un tema delicado, la ausencia de médicos obligaba a improvisar remedios.

Los hombres de la comunidad se dedicaron a abrir claros, es decir a desmostar la selva para poder cultivar y meter de pocos el ganado, las mujeres también trabajaban, en turnos de 4 horas iban a la frontera agrícola para quitar uno que otro junto, pequeños árboles y revisar el maíz, la yuca o el ñame.

Las primeras casas se levantaron con troncos de árboles, los techos se hicieron con hojas, juncos y retazos de madera. Los más jóvenes fueron en busca de un río, su tarea era abastecer con agua a la comunidad. En poco tiempo la comunidad se había logrado establecer, cazaban pequeños cerdos de monte, culebras, algunos felinos y muchos micos, las casas se fueron mejorando poco a poco, la madera la vendían a los blancos bogotanos que se atrevían a llegar monte adentro.

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