El mito de las minas de occidente

En el centro de Bogotá decenas de personas tienen en sus manos millones de pesos en esmeraldas, las piedras verdes vienen desde el corazón de una región campesina, con vocación de minería artesanal y apartada por las difíciles vías de acceso.

Por: Andrés A. Gómez Martín.

El occidente de Boyacá se compone por quince municipios, Briceño, Buena Vista, Caldas, Chiquinquirá, Coper, La Victoria, Maripí, Muzo, Otanche, Pauna, Quípama, Saboyá, San Pablo de Borbur y Tonunguá.

Vía que comunica a Chiquinquirá con el municipio de Coper. Departamento de Boyacá.

Vía que comunica a Chiquinquirá con el municipio de Coper. Departamento de Boyacá.

Los nombres de estos pueblos los aprendí muy fácilmente, cuando estudiaba en la primaria de la Normal Nacional de Chiquinquirá, la mayoría de los niños que asistían a clase, eran oriundos de aquellos lugares. Unos eran de cabello mono, de piel blanca y ojos azules o verdes, otros tenían rasgos más indígenas, morenos de  ojos achinados y de gran fortaleza física y un cierto acento, como si hablaran un poco más rápido.

Aquellos niños contaban las historias de las vacaciones que pasaban cada fin de año en Muzo, Quípama o Maripí, con frecuencia relataban pasajes en las fincas de sus abuelos, mandarinas, naranjas, limones y mangos, alimentaban aquellas historias de infancia.

Cuando todos esos niños se hicieron adolescentes, aún seguían visitando a sus familias en el occidente, pero las historias cambiaron, el mundo de las minas y de las esmeraldas iba contagiando la vida de cientos de muchachos, la idea de “enguacarse”  y volverse rico rondaba las mentes, las toyotas “care panela” rodaban por Chiquinquirá y deslumbraban por que aquellos autos tenían un gran valor simbólico en el pueblo, Toyota es igual a plata y plata es igual a poder.

Sobre las minas y el minero se ha tejido un imaginario, desde el indígena muisca que habitó esos territorios sacando esmeraldas para  intercambiarlas en los mercados de Bacatá o Zipaquirá, hasta el campesino que abandonó el trabajo de la tierra, para buscar mejor surte en el río minero, tal y como paso en la década de los años 80, cuando hasta 35 mil personas se apostaron en esta región buscando en los desechos alguna pepita verde.

Los rumores que crecían entorno a ese imaginario eran muy poderosos, de un día  para otro, todos en Chiquinquirá se comentaban que Víctor Carranza o alguno de los hombres fuertes de las esmeraldas llegaría, de inmediato el ambiente se tornaba diferente, la expectativa que generaban los llamados “duros”, contagiaba hasta a los locutores de la radio local.

 

 

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