El quemado electoral

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Si usted es uno de esos a los que llaman quemados de las elecciones, esos que acompañaron la derrota, no se preocupe, tenga el aliciente de que los quemados siempre son más, muchos más. 

Por:  Helbert Leal
Facilitador de las EDC de Tenza y Almeida, Boyacá

Las campañas políticas no han dejado de ser lo que son: pequeños libretos seguidos al pie de la letra cada cuatro o cada dos años, dependiendo  de la coyuntura electoral, increíblemente inapetentes y estáticas en el tiempo sin mayor asomo de evolución, adornado con ese variopinto abanico de defectos y pocas virtudes, de cortos slogans y poco contenido. A pesar de su estructura majadera, es una amante que regresa dispuesta a enloquecerlos a todos. Su esencia es tan embriagante y atractivo su llamado que termina absorbiendo lentamente hasta los más escépticos y apáticos, ha cobrado la vida de muchas almas convencidas, otros han terminado entre barrotes, demasiados en la quiebra, se pierden los amigos y se encuentran nuevos enemigos, al final se termina perdiendo lo más valioso, la esperanza,  por qué aquella amante despiadada se acuesta con todos pero es a muy pocos a los que ama. El  paso del tifón electoral deja tantas víctimas y daños que a quienes el tiempo  sonríe son tan pocos que se pierden entre las masas de cabizbajos y deprimidos. Si usted es uno de esos a los que llaman quemados de las elecciones, esos que acompañaron la derrota,  no se preocupen tenga el aliciente que  los quemados siempre son más, muchos más.

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Viendo este desfile de vericuetos y pantomimas electorales, entre lo “hurras”, los “vivas”, los gritos y las lágrimas se pregunta la razón: ¿Hay algo que celebrar? Es una competencia en su explicación más simple y en ello radica tal vez las pasiones que se desatan en esa orgía de supuestos, planes, tramas, buenas y malas intenciones pero el ganador no lleva un premio a su casa, no posa sobre sus hombros ninguna medalla, lleva una carga enorme, una responsabilidad con los miles de personas que lo eligieron, tan volátil y peligrosa como quien pretende domar un león montando su lomo. Entonces, ¿Cuál es la dicha? Dejar la tranquilidad de su corazón por los miles de problemas que tienen cada uno de los habitantes de un pueblo o una ciudad, abandonar los hijos, dejar de verlos crecer, apartarse de la familia, no tener ya jamás tiempo libre, ser objeto de ejemplo y comportamiento las 24 horas ,  los 365 días, poner en riesgo la vida, perder  la tranquilidad y el sueño, ser señalado y cuestionado por quien quiera y disponga hacerlo, todo por un miserable sueldo que sumado en su totalidad no compensa ni los gastos de campaña ni los compromisos. Esas pobres almas que se arrojan al abismo del poder dan lastima y pienso en esas pobres al salir por la puerta al final de sus 1460 días, acabados, viejos, gordos, arrugados, caminando lentamente queriendo siempre regresar. Eso es lo  peor que tiene el poder, que nunca se quiere estar apartado de él.

Si viera en alguno de los ganadores esa cara de preocupación por los retos que se desbordan, si viera en sus ojos algo del pánico que debe sentirse el recibir el apoyo de miles de personas, si en vez de caras sonrientes, abrazos,  hurras y vivas viera la sobriedad y la intranquilidad del que se apresura a la batalla, me llenaría de fe y caminaría a casa tranquilo sabiendo que un verdadero líder está entre nosotros. Estos que celebran con cohetes y fiestas hasta el amanecer, estos que viven rodeados de pedaleros y aduladores, que meten barriga y llenan el buche para gritar que ganaron, esos celebran porque saben que el poder es solo para que el que lo goza

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