El sentido de la realidad

Por: Kenny Lavacude

Hace un tiempo, no mucho, un obispo amigo –obviamente sin faltar al sigilo sacramental-, me comentó que con alguna fDirector General de ACPOrecuencia acuden al sacramento de la reconciliación personas que confiesan, como es natural, sus pecados  de abuso de “la carne”, de licor, maltrato a terceros (principalmente pareja e hijos)… en fin, podríamos decir, los normales. Pero lo que no es natural es que cuando mi amigo, el obispo, les pregunta su profesión, responden, sin ponerse colorados (eso creo, porque entre mi amigo el obispo y el penitente hay una rejilla y una cortinita morada) y sin confesarse de ello: “atracador, padre” o “acarreo –o sea, robo- apartamentos, padre” o  “afanador –o sea, ladrón-, padre” o “jíbaro – o sea, vendedor de drogas-, padre”.

Sin que mi amigo, el obispo, entre en detalles, yo infiero que me habla de penitentes de bajo nivel cultural, pobres, quizá. No sé qué responderán los corruptos, los ladrones de cuello blanco, los blanqueadores de capital, los saqueadores de bancos… Pero seguro que se confesarán de los pecados de la carne y obviarán éstos últimos, porque los considerarán gajes del oficio.

Que el crimen se vuelva profesión en lugar de un delito -por decir lo menos- o un pecado –por decir lo más- es la muestra de una pérdida no solo de valores, sino de sentido de la realidad. El sentido de la realidad invita a llamar a cada cosa por su nombre y a darle el significado que, en consecuencia, tienen la cosa y el nombre. Por ejemplo, si una persona roba de forma deliberada y regular, el sentido de la realidad nos invita a llamarla ladrón y el significado de su acto es moralmente inaceptable y jurídicamente punible. El hecho de ser la actividad habitual para ganar dinero, aunque sea para llevar el sustento a la familia, no hace del robo, el atraco, la venta de drogas, una profesión. Mucho menos, el ladrón de cuello blanco, puede justificar su acción en el hecho de que “todo el mundo roba”, “si no lo hago yo, otro lo hará”, “nadie se da cuenta”.

No sé en qué momento la amoralidad (ausencia total de sistema moral) se tomó la conciencia de una porción importante de los colombianos. Además de los ejemplos descritos anteriormente, vemos amoralidad en las personas que se cuelan en los sistemas masivos de transporte, en los “usted no sabe quién soy yo”; en algunos médicos, enfermeras y otros funcionarios de la salud que maltratan a sus pacientes; en algunos profesores mediocres que no tiene la delicadeza de planificar sus clases; en algunos padres y madres que incitan a sus hijos a ser “vivos” y a no dejarse pillar, en lugar de mostrarles el camino del bien, exigirles que transiten por él y, si es el caso, castigarlos ejemplarmente cuando no lo hacen. En fin la lista es larga y casi imposible de hacerla exhaustiva.

Más que la inmoralidad, preocupa en este país la amoralidad, la capacidad de llamar a las cosas por su nombre y de otorgarles el significado que les corresponde. Preocupa la pérdida del sentido de la realidad.

  1. Darío Montaño Alarcón 12 Mayo, 2015, 9:09 pm

    Es muy crítico el contenido del artículo así como el breve análisis que hace el autor al final. Lo lleva a uno a hacer otra reflexión: será que algunos “pecados”, así llamados como el crimen, el robo, el atraco de profesión, el robo de apartamentos, la venta de drogas, el ladrón de “cuello blanco”, con el perdón que da el sacerdote y los padrenuestros que debe resar quien se confiesa ya queda savo? Será que la Iglesia Jerárquica, no puede o debe cumplir un papel diferente más activo frente a casos como estos?. No se sabe por qué se confesarán estos personajes, pero la situación es bien compleja.

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