Entre balas y cuadernos

Quien no es cercano a la guerra no la percibe de la misma forma. Quien no ha visto la muerte de frente no le teme de igual manera. Quien todos los días se encuentra con un cadáver en la carretera, primero se conduele, con el paso del tiempo solo se impresiona, y con las costumbre aprende tenacidad. Entre balas y cuadernos se escribieron varios años de su historia…

Ilustración de Giselle Machado – El temor y el miedo se apoderan de la mente y el corazón.

Ilustración de Giselle Machado – El temor y el miedo se apoderan de la mente y el corazón.

 Por Giselle Machado V.

Todo empezó el día que se presentó a la Universidad Nacional de Colombia para aplicar a la carrera de Derecho. Con los billetes arrugados dentro del bolsillo, llegó ansiosa por pagar la inscripción. Sin embargo aún tenía dudas, y entre sus alternativas también se encontraba la Facultad de Filología e Idiomas, si elegía esta última, sus pasos se encaminarían hacía la docencia. Por arte del azar, el destino, o como se le quiera llamar; justo ese julio de 1973, la Facultad de Derecho se encontraba cerrada por problemas políticos. No quiso llevar de nuevo los billetes al bolsillo, y en un arrebato de su verdadera vocación inició esa tarde su preparación para ser maestra.

Estando en la Universidad creyó que lo más difícil que viviría sería afrontar una que otra manifestación o algunos paros estudiantiles, cargados la mayoría de las veces de policía antimotines. Pensó que en esos casos tendría a lomucho que esconderse en alguna tienda aledaña. Pero la vida le deparaba situaciones mucho más difíciles, en la candidez de su juventud ella no alcanzaba a imaginar lo que le esperaba.

Del sueño a la pesadilla

Todavía sosteniendo el título en la mano, consiguió empleo como profesora al servicio del Estado. Sintió agarrar el cielo con sus dos manos ¿Qué más se podía pedir?-pensaba- “obtener un salario casi inmediatamente después de la graduación y trabajar en lo de uno, era lo máximo” sentenciaba sin aspavientos. La plaza seleccionada era el Colegio Departamental José Hugo Enciso en la inspección de Reventones, municipio de Anolaima en el departamento de Cundinamarca. Lo que era importante precisar era que este pueblo estaba en el corazón de una zona guerrillera, dominada por el frente 22 de las FARC-EP.

Corría el año de 1982 cuando después de un viaje que parecía interminable y por una carretera bastante maltrecha y en su mayoría sin pavimentar, llegaría al que sería su sitio de trabajo. Se bajó de un pequeño carro que gracias al estado del camino ya estaba a punto de la chatarrización y divisó un grupo de niños jugando en una desnivelada y maltrecha cancha de fútbol. Algunos la observaban con desconfianza y otros, en cambio, con curiosidad. En ese momento, lo que más le llamó la atención, eran los zapatos de todos los niños gastados por el trajín de recorrer a pie las trochas.

Desde un principio detectó en cada uno de los grupos a los rebeldes del colegio, a los aplicados, los respondones, a los cumplidos y a los incumplidos, los detallistas y los poco cuidadosos, en fin, tuvo una visión muy clara de todo el grupo. Uno de los detalles que más la inquietó, sobremanera, era la actitud altiva, casi solemne, de las jóvenes más atractivas del colegio, enseguida pensó que podrían causar problemas.

Sus vaticinios, con el tiempo, fueron acertados. Como si tuvieran una marca en la frente, oculta por un tiempo pero que sería develada después, se fueron convirtiendo en el artífice de una pesadilla. Cada una de estas “agraciadas” niñas, era la pareja sentimental de algún cabecilla guerrillero, sentían que el poderío que tenía el grupo subversivo sobre la región, también podía traspasar las paredes del colegio, por lo que comenzaron las exigencias de su parte hacia los profesores, con el objetivo de incidir en los resultados académicos. “Pues profe, si no paso esta materia mi novio de pronto vendría a conversar un par de cositas con usted”- decían altivamente las niñas- “Profe, yo creo que está calificación está mal. Es más, si se la mostrara a mi novio, él diría lo mismo y vendría a explicarle el por qué… ¿usted me entiende verdad?- amenazaban sin el menor pudor.

Algunos profesores o funcionarios del colegio, eran invadidos por el temor y se rendían ante sus exigencias, otros más osados, se mantenían en su posición y hasta se atrevían a confrontar a los enamorados. Uno de ellos, fue el profesor de educación física, el mismo que en medio de un enfrentamiento entre ejército y guerrilla, pudo rescatar del fuego cruzado a varios estudiantes del colegio, mientras que otros más se escondían debajo de los pupitres en medio de gritos de desesperación. Por fortuna para propios y extraños, en aquella ocasión no pasó nada de qué lamentarse, pues no hubo víctimas mortales, ni mayores daños materiales, todo quedó en un gran susto.

La puerta al calvario

Un día cualquiera, como siempre se levantó y se preparó para el largo camino que le esperaba a su trabajo. Le dio un beso en la frente a su bebé que aún dormía, mientras la contemplaba en aquella envidiable sensación de paz, la misma paz que ella no tenía hacía mucho tiempo. Tomó el bus y apenas tocó la silla, cayó dormida del cansancio. Por momentos una tranquilidad la cubría, reposando y esperando la hora de llegada a su destino.

Casi llegando al Boquerón, ubicado en límites del municipio de Quipile, el bus en el que se transportaba frenó abruptamente y todos los pasajeros se pusieron de pie y se asomaron a las ventanas, dejándose llevar por el morbo característico del colombiano. Sobre la mitad de la carretera, tendido boca abajo, yacía el cuerpo sin vida del profesor de educación física en un cuadro desgarrador, digno de una escena dantesca, el mismo profesor que tiempo atrás se había vestido de héroe en medio de balas en el colegio. Sobre el pavimento, se pintó de sangre su cuerpo cubierto solamente con una pantaloneta, acompañado por unas manos sin uñas y un rostro sin ojos, abandonado así, para que todos lo vieran. No era necesario preguntar, quiénes habían sido los autores de este asesinato.

Así empezó el infierno, el desfile macabro de cuerpos desnudos y con señales de tortura en medio de la carretera, tiñendo se sangre el pueblo entero que ya escribía con rojo, para ese entonces, su nombre y su pasado. Letreros con mala ortografía acompañaban a los difuntos como si se tratase de despreciables epitafios. “Por sapo, por lambón, por no obedecer, por no darnos a sus hijos”- todos los cuerpos eran dejados a merced de los buitres con su letrero correspondiente.

Aún los más respetables trabajadores honrados, eran condenados y asesinados. En ese deambular de la muerte, fue sacrificada de un tiro en la nuca, por un simple rumor que la tachaba de soplona, la fritanguera que cocinaba los mejores cerdos de toda la zona.

Ilustración de Giselle Machado – Entre balas y cuadernos es un relato crudo y real.

Ilustración de Giselle Machado – Entre balas y cuadernos es un relato crudo y real.

El dolor de aquellas escenas se fue convirtiendo en simple impresión, y luego de tantas lágrimas y noches en vela, casi en indiferencia. Una mujer que siguiendo su instinto y su vocación de maestra, se había lanzado al ruedo para contribuir a la formación de las nuevas generaciones, era ahora una mujer que se sentía entre la espada y la pared, acorralada entre sus miedos y sus principios. En Colombia, las plazas de maestros afiliados al magisterio, son asignadas bajo unos criterios que resultan muy difíciles de modificar, por eso cuando un profesor obtiene un puesto como docente en cualquier lugar del país, es muy complicado lograr hacerse a un traslado. Para ese entonces, no tenía relación alguna con funcionarios o políticos que pudiesen ayudar para que su traslado se lograra ejecutar, pues por razones lógicas, ninguno de sus compañeros que trabajaba en Bogotá, accedía a cambiar de lugar. Lo único que podía hacer, entonces, era aferrarse a un milagro y confiar en que nada le fuera a pasar.

La muerte toca a la puerta

Un problema de rinitis que le había aquejado desde muy pequeña, hizo necesario una intervención para contrarrestar la “enfermedad”. Justo en los días de la cirugía y posterior a su incapacidad, los alumnos del Colegio Departamental José Hugo Enciso, recibirían sus notas finales, y allí, por decisión de la maestra y producto de las evaluaciones, las novias de los cabecillas guerrilleros perderían su asignatura. Siguiendo su iniciativa, los demás profesores a los cuales las mismas niñas asistían a sus clases, optaron por hacer lo mismo, y esa determinación, no le sentó nada bien a sus respectivas parejas. Más se demoró el grito de indignación y el berrinche de una de las jovencitas, que darse la primera “visita” del jefe guerrillero al colegio. Un tiro al aire y el terror se hace presente de nuevo. “Bueno ¿Quiénes son los que me están rajando a las muchachas?- sentenció uno de los guerrilleros-! Es peor si no salen, igual ya sé quiénes son, con nombre y apellido”. Y así, uno a uno, fueron saliendo los profesores a cambiar las calificaciones en presencia de quien empuñando un arma, dejaba escapar una bala cada tanto para infringir temor.

Mientras tanto en Bogotá, aquel frío hospital le parecía mil veces mejor que la vereda en la que había visto tantas atrocidades y anhelaba en su silencio, que su incapacidad se extendiera un poco más en el tiempo. Entre tanto, su mejor amiga y compañera de trabajo, estaba en casa preparando el almuerzo, cuando la puerta fue abierta de un empujón y dos hombres encapuchados la encañonaron. “Necesitamos que el entregue algo a su amiga, a ver si aprende. Que la estamos esperando para cuando vuelva”, dijeron en tono amenazante. Congelada como una estatua, solo pedía que su hija mayor no llegara del colegio, que no la vieran estos hombres, que no le hicieran nada, mientras veía cómo aquellos delincuentes ultrajaban a sus dos hijas más pequeñas. Dejaron una nota sobre la mesa con orden de entrega inmediata, cerraron la puerta y ella, aún luchando por reaccionar a su espanto, llamó a su hija y le dijo que se veían mejor en Bogotá, donde la abuela materna, pues a la casa ya no podía llegar. El sufragio ya estaba en camino.

El principio del fin

Llegando a la Capital, lo primero que hace, su amiga amenazada, es dirigirse hacia al hospital y entregar el mensaje que contenía la orden impartida por el grupo guerrillero y firmada por el cabecilla del frente 22 de las FARC, el novio de turno de una de sus estudiantes. Si la profesora no obedecía, la orden era ejecutarla.

Las pesadillas se agudizaron, cada vez se vuelven más espeluznantes, la paranoia ahora es latente ¿Dónde está la niña? ¿Por qué no ha llegado del jardín?, las dudas y los temores de apoderan de ella. Una puerta de seguridad con no menos de 6 cerraduras protege la entrada de la casa. Las soluciones se vislumbran cada vez más lejanas, por lo pronto, no se podía regresar a ese sitio, eso era lo único que tenía seguro, lo demás resultaba muy incierto.

Viajaba cada mes en compañía de su esposo e hija que no la dejaban sola, pues debía cobrar su sueldo y la nómina aún se encontraba allí. Se contrataba un taxi de ida y regreso, y como en una película de terror, viendo por todos lados, se bajaba del automotor y rápidamente, sin que nadie la viera, entraba al lugar y hacía el cobro, y una vez cerraba la puerta del vehículo, le pedía al conductor no detenerse por nada del mundo hasta llegar a Bogotá. Cuando llegaban de nuevo a casa, a pesar de estar a salvo, la asaltaban pensamientos horribles, temía que secuestraran a alguno de sus familiares o simplemente que los mataran, no volver a ver a sus seres queridos, sin duda, fue la peor época de su vida.

Ilustración de Giselle Machado – Orar y poner toda la fe en Dios, fue la única opción para la maestra.

Ilustración de Giselle Machado – Orar y poner toda la fe en Dios, fue la única opción para la maestra.

Pasaron los meses y por recomendación de su hermana mayor, decidió ir a la Defensoría del Pueblo, donde encontró una abogada que tomó el caso y se comprometió decididamente con su causa. Con carta en mano, acudió a todos los mecanismos habidos y por haber para proteger la vida de su defendida. Hasta que por fin, después de muchos intentos, gracias a una petición enviada a la misma Presidencia de la República, se emitió la orden expresa de traslado inmediato al municipio de Chía, también en Cundinamarca.

Un buen día, ya ejerciendo como profesora de Inglés en uno de los principales colegios de Chía, le terminó de “volver el alma al cuerpo”, cuando vio en las noticias, que una arremetida de la Policía Nacional en una vereda llamada Rincón Santo, había dejado como saldo, la muerte del cabecilla del frente 22 de las FARC y sus dos “lugartenientes”. Durante la celebración de lo 15 años de la novia del “Comandante”, él y sus secuaces, perdieron la noción de su estrategia de seguridad, y después de beber durante varios días, fueron tomados por sorpresa por la policía. Como consecuencia de la operación, las FARC, decidieron replegarse hacia otros lugares.

Los mismos que la habían amenazado, que habían puesto el luto anticipadamente sobre su casa, ahora se encontraban tendidos sobre la tierra, tragando el polvo que habían hecho probar a muchos. Esta fue su última imagen, ahogados entre su sangre que no alcanzaría a compararse con la que derramaron sobre aquellas recónditas montañas y maltratados caminos, pero que ya estaba vertida en el suelo decretando la sentencia de sus días. La condena había sido perpetuada, y los verdaderos culpables pagaban esta vez, sin entender al menos, que tal vez, si lo pensaran mejor, estudiar hubiese sido la mejor salida.

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  1. Miguel Angel Arango Ciifuentes 24 Febrero, 2015, 10:23 pm

    Triste Realidad pero tan cierto que tristemente tantos alumnos sin maestros por cosas como estas amenazas y muerte ………………cuando terminara sera que este proceso de PAZ si es real…..

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  2. pienso que dicho grupo subversivo tenia mucho poder en la region tan así que el
    problema traspasaba las paredes del colegio ejemplo:las niñas le decían a los
    profesores que si no pasaban la materia el novio vendría hablar o amenazar al profesor

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