Los dones del Espíritu Santo

“Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo” (1 Cor. 4-6)

 

Gian Lorenzo Bernini. Cátedra de San Pedro, 1657-66. San Pedro del Vaticano, Roma.

Gian Lorenzo Bernini. Cátedra de San Pedro, 1657-66. San Pedro del Vaticano, Roma.

Por Nicolás Galeano

 

Todos poseemos dones, talentos, y cualidades que nos caracterizan y diferencian de los demás, los cuales hemos descubierto gracias a las enseñanzas de nuestros padres, profesores o amigos, quienes, a su vez, nos han ayudado a afianzarlos y a enriquecerlos. Sabemos que un don es un regalo o gracia que se nos da para que con ellos podamos emprender y asumir nuestras vidas, nuestros sueños y nuestros muchos proyectos, de cara a nuestra realización como seres humanos.

Estos dones que cada uno posee se enriquecen y se nutren en la medida en que somos capaces de compartirlos con otros; en nuestro lugar de estudio, de trabajo, en donde a diario realizamos nuestras múltiples actividades y labores, esto tiene como fruto un mayor conocimiento del otro y de una u otra manera nos lleva también a valorar el don con el cual ha sido enriquecido. Por el contrario, si este don que hemos recibido lo guardamos y reservamos para nosotros mismos no tendremos la oportunidad de saber cuánto valor posee, y, en consecuencia, nos sucedería entonces lo de aquel hombre de la parábola de los talentos, que por temor a utilizarlo lo enterró sin haber descubierto el gran valor que había detrás de él.

Es en medio de la comunidad donde descubrimos las capacidades que los otros poseen, en la diversidad de dones o cualidades encontramos la riqueza con la cual todos hemos sido revestidos. Ponerlos al servicio del bien común garantiza un valioso aporte que nos llevará a construir comunidades capaces de trabajar y de vivir en la unidad y no en el individualismo que en muchas ocasiones tiende a crear discordias y enemistades.

Alguien que es capaz de mantener a la comunidad unida es sin dudas el Espíritu Santo, que ha sido llamado por la Iglesia el Consolador, el Defensor, el guía, y el dador de dones y gracias, esto último, nos ayuda a entender que el Espíritu es el dispensador de la inagotable riqueza que proviene de Dios y de la cual participamos todos a partir de los dones que el mismo Espíritu pone a nuestro servicio y que los derrama constantemente en nosotros cada vez que en la oración los pedimos.

Sus dones son 7, que simbolizan la plenitud y perfección, cada uno de estos dones nos hacen conocer mejor la voluntad de Dios y vienen a servirnos como herramientas indispensables para ayudarnos a cumplir nuestra misión como seres humanos y como hijos de Dios, estos son:

Sabiduría: Este don nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas, en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.

Inteligencia: Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.

Consejo: Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.

Fortaleza: Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.

Ciencia: Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.

Piedad: Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.

Temor de Dios: Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir.

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