Milagros de un santo perseguido y difamado

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Milagros de San Pio de Pietrelcina fueron puestos en tela de juicio y hasta negados por algunos superiores de la Iglesia.

 

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Por Rubén Gil

 

Milagros que ayudan a confirmar el auxilio que Dios brinda a los que deciden servirle con fidelidad y entrega, a pesar de que algunos miembros de la iglesia católica se resisten a creer que los milagros que obra un santo en vida son verdad. Como es el caso de este santo italiano, continuador de la obra franciscana. San Pio nació en Pietrelcina el año de 1887 bajo el cuidado de una familia humilde. A los 16 años ingresó a la orden religiosa de “los capuchinos”, en donde se hizo sacerdote. Dios obró muchos milagros por medio de San Pio mientras éste permaneció vivo. Lo difícil es que muy pocos creían en sus milagros. El primer milagro se dió cuando San Pio recibió los estigmas de Jesucristo, al igual que como le ocurrió a San Francisco de Asís. Pero esto le ocasionó muchos problemas, tanto así que sus superiores le prohibieron presidir la eucaristía y estar cerca de los fieles. Sus más cercanos afirmaban que San Pio tenía la capacidad de leer las conciencias, curar enfermedades mediante la oración, suspenderse en el aire, aparecer en dos lugares distintos al mismo tiempo, etc.

Con respecto a la bilocación o aparición en dos lugares a la misma vez, cuentan que en una oportunidad, Monseñor Damiani, un obispo uruguayo, fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre Pío. Luego de hacerlo se quedó unos días en el convento. Una noche se sintió enfermo y llamaron al Padre Pío para que le diera los últimos sacramentos. Éste tardó mucho en llegar y cuando lo hizo le dijo: “Ya sabía yo que no te morirías. Volverás a tu diócesis y trabajarás algunos años más para gloria de Dios y bien de las almas”. “Bueno”, contestó Monseñor Damiani, “me iré pero si usted me promete que irá a asistirme a la hora de mi muerte”. El Padre Pío le contestó: “Te lo prometo”. Monseñor Damiani volvió al Uruguay y trabajó durante cuatro años en su diócesis. En el año 1941, cuando Monseñor Alfredo Viola festejó sus bodas de plata sacerdotales, hacia la medianoche el Arzobispo de Montevideo Antonio María Barbieri se despertó al oír que alguien golpeaba a su puerta. Cuando abrió, apareció un fraile capuchino que nunca había visto y que le dijo: “Vaya inmediatamente a ver a Monseñor Damiani. Se está muriendo”. Monseñor Barbieri fue corriendo a la alcoba de Monseñor Damiani, justo a tiempo para que éste recibiera la extremaunción y escribiera en un papel las siguientes palabras: “Padre Pío..” aunque no pudo terminar la frase. Esa noche, por cierto, fueron muchos los testigos que vieron a un desconocido padre capuchino caminando por los corredores. En 1949 Monseñor Barbieri fue por primera vez a San Giovanni Rotondo y, con estupefacción, cuando vio al Padre Pío reconoció en el religioso al capuchino que había visto aquella noche, a más de diez mil kilómetros de distancia. El Padre Pío, por supuesto, no había salido en ningún momento de su convento. Hoy día, en Uruguay, hay una gruta que recuerda esta bilocación, la misma donde el Padre Pío supuestamente ha hecho varios milagros.”.

Los milagros del padre Pio, como le decían por cariño, crearon mucha polémica y controversia sobretodo por aquellos que se empeñaban en demostrar que su vida era una farsa. Pero finalmente la iglesia reconoció el obrar de Dios en sus milagros, tanto así que fue canonizado por el papa Juan Pablo II en el año 2000.

 

 

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