Pascua: Un camino de esperanza y vida junto al Resucitado

“Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos explicaba las escrituras?” Lc 24:32

 

Por Nicolás Galeano

 

Emaus 2

Unos de los textos más apasionantes que nos muestra a Jesús como compañero de camino, es el de los discípulos de Emaús. Este compañero de camino sale al encuentro de dos hombres, que cabizbajos iban conversando acerca de la muerte de un hombre llamado Jesús de Nazaret. En su corazón, según lo narra el evangelista Lucas, se albergaban sentimientos de tristeza y confusión ya que ellos esperaban que aquel hombre que murió en la cruz iba a ser la esperanza y salvación de su pueblo, pero aquellas esperanzas se derrumbarían en el momento mismo de su muerte. Es aquí, en medio de la confusión y la tristeza donde Jesús, de manera amigable y cercana sale al encuentro de aquellos hombres para acompañarlos en su camino hacia Emaús, este camino hacia aquella aldea donde muy seguramente vivían estos dos hombres estuvo iluminado, sin que ellos lo supieran, por la presencia del Resucitado quien les explicó detalladamente porque el Hijo de Dios tenía que pasar por la cruz y resucitar así de entre los muertos, la manera en que Jesús les hablaba a estos caminantes logro encender sus corazones a tal punto de maravillarse de sus palabras, disipando así la tristeza y la confusión que hasta hace un momento los aquejaba. Este camino culminaría con el reconocimiento del Señor por parte de estos hombres al momento de la fracción del pan.

Esta es, precisamente la experiencia de la Pascua que la Iglesia nos invita a vivir durante estos días de alegría por la resurrección del Señor, somos conscientes que a diario experimentamos las falencias que como humanos no estamos exentos de vivir; dificultades, tristezas, angustias, desaciertos, que en ocasiones hacen que perdamos la fe y la confianza, es aquí donde debemos tomar aquel mismo camino que nos llevara a reconocer la presencia del Señor que quiere salir a nuestro encuentro, y que quizás al igual que a los peregrinos de Emaús, no hemos sabido reconocer aun a causa de estas situaciones que nos perturban y logran entorpecer nuestra confianza en el Señor.

Por esta razón la Pascua debe ser un camino de esperanza y de vida junto a Jesús resucitado, camino que quizás emprenderemos en medio de las dudas y en medio del trajín de cada día, pero que nos irá conectando poco a poco, a lo largo de su trayectoria, con el mismo Jesús quien ira disipando estas incertidumbres y confusiones en el momento en que seamos capaces de escucharle y de permitirle que camine junto a nosotros. Tal vez nuestros muchos afanes harán que nuestros ojos se cierren ante la presencia del Señor y quizá nuestra pascua pueda convertirse en un momento o festividad más y tal vez de ella no saquemos ningún fruto, por el contrario, la pascua, debe ser un tiempo en el cual nos lleve a reconocer que Jesús está presente en medio de nosotros como alimento que alienta y fortalece nuestro arduo caminar que tiene como cumbre la esperanza y la vida, esperanza porque sabemos que a nuestro lado va aquel mismo acompañante de Emaús quien fue desdibujando de los rostros de estos hombres la tristeza y la confusión y que mientras les hablaba los iba llenando de esperanza y seguridad. Y de vida porque aquel hombre que los acompañaba por aquel camino había vencido la muerte y además los iba cautivando con sus palabras de vida que transmitían alegría y serenidad a tal punto de encender su corazón con la llama de la certeza y la confianza.

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