Pasión y calle, la historia de un artista callejero

Foto de Juana Buitrago – José “el artista de la calle”, desde hace 25 años se gana la vida haciendo maromas en el asfalto.

Foto de Juana Buitrago – José “el artista de la calle”, desde hace 25 años se gana la vida haciendo maromas en el asfalto.

Por Juana Buitrago Mora

Es martes, hace frío, el aire está húmedo y un cielo gris indica que puede volver a llover. Camino despacio y miro el reloj, me doy cuenta que son las diez de la mañana, levanto mis ojos y miro hacia el semáforo de la calle 24 con carrera 5ta. Avanzo, llego a la esquina occidental junto a la Biblioteca Nacional, me siento en un muro de piedra paralelo a la calle y me dedico a esperar.

Él, a quien espero atenta y paciente, aún no ha arribado a su lugar de función. Llevo un par de días observándolo sin que él lo note, aparenta tener 22 o 23 años, tiene el pelo corto y por la gracia que desprende su sonrisa parece ser feliz; estoy casi segura que éste es su horario de labor; ojalá hoy no sea la excepción. Me pregunto si vendrá. Han pasado casi veinte minutos desde que llegué, pero aún no tengo señales de su llegada.

Me levanto y voy a buscar algo caliente para beber; mientras vengo de regreso puedo ver que el artista callejero ha hecho su aparición. Me acerco prontamente y vuelvo a tomar asiento en aquel muro de piedra, asiento de primera fila, donde minutos antes lo esperaba con ansia, y desde donde ahora observo el inicio de la escena de hoy.

A cielo abierto y solo cuando la luz roja del semáforo indica la parada de los carros, comienza el show del artista callejero. Las clavas, que parecen pines de bolos, dan vueltas incansablemente por el aire, pasando de una mano a otra, en orden, marcando un compás van y vienen, vienen y van. Él tiene una coordinación envidiable y hace su escena en tiempo record: aproximadamente 40 segundos. Y es que el espectáculo ni siquiera dura lo que tarda en encenderse la luz verde, porque tiene que dejar un margen de tiempo para que en su gorra cada conductor deje unas cuantas monedas como símbolo de la valoración del espectáculo aunque que ésta algunas veces, al final de la puesta en escena, termine vacía. Es el riesgo del artista callejero.

El semáforo cambia a verde y mientras los carros transitan, me acerco cautelosamente al artista para no irrumpir en su práctica, lo saludo y con una sonrisa me devuelve el gesto. Me presento y le pregunto si me permite conversar con él además de observarle mientras desarrolla su arte, acepta sin objeción alguna.

Se llama José, es de Yopal y tiene 23 años (como lo suponía), me cuenta que está hace tres años en Bogotá y que como muchos artistas callejeros, trae consigo una larga historia. Su relato se detiene abruptamente por el cambio de la luz antes verde, por unos segundos amarilla y luego roja; debe trabajar. Mientras tanto yo me deleito maravillándome más y más por la habilidad con que maneja sus instrumentos. Cuando regresa continúa, me cuenta que cuando tenía 15 años se inclinó hacia las artesanías y aprendió a realizar manillas y collares que posteriormente vendía. Con ello, lograba hacerse a un ahorro para adquirir sus primeros juguetes que le permitían fabricar sus malabares. El semáforo cambia, nuevamente se retira para poner en marcha su acto de artista callejero.

De vuelta, relata que se inició en el arte circense, “aprendiendo con bolitas llenas de arroz”, pues en su casa nunca le apoyaron con dinero para formarse como artista callejero. Cuando finalizó sus estudios secundarios, logró que su familia lo enviara a Bogotá. Tenía 20 años, y su misión era estudiar Diseño gráfico en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Me cuenta que fue a la universidad quince días y que no pudo más, que el ambiente, la superficialidad de la gente y la poca pasión que esto le despertaba, influyó en su decisión de desertar por primera vez y para siempre de cualquier intento por acogerse a una institución para ser alguien en la vida, como dirían sus padres.

Así, José, escogió su estilo de vida, cortó toda relación con su familia y se dedicó a trabajar en las calles de la capital, adonde llegó sin un lugar fijo donde dormir, y tan escaso de dinero que apenas le alcanzaba para medio comer. Si bien, de a poco, el oficio no resultó difícil de desentrañar, el malabarista aprendió de memoria los secretos que hoy, ya experimentado, maneja a la perfección. Como si tuviese un manual de la calle, explica que “las esquinas más cotizadas son las que convocan mayor tráfico de carros, como las avenidas o las que tienen los semáforos más largos (que pueden extenderse de 55 a 65 segundos)”. Y también conoce esa otra parte; la que marca el éxito del trabajo: una buena presentación, una rutina con trucos fuertes para llamar la atención y una gran sonrisa. “Ahí, hay éxito asegurado”, sostiene José, quien practica una hora por día antes de salir a su escenario, como artista callejero.

De esta manera, José subsiste con los malabares callejeros, dice que cuando le va bien logra hacerse hasta 30.000 pesos, los cuales emplea en pagar 14.000 pesos en un hotel de aquellos ubicados por la calle 13, además de los 8.000 pesos que invierte en alimentarse a diario, lo que le sobra, si es que eso ocurre, lo guarda sagradamente para futuras adversidades.

Le pregunto por su vida sentimental, y su respuesta logra atraer tanto mi atención que no puedo evitar sonreír. Se refiere a sus malabares como su “primer y único amor”. Dice que, como toda pareja, tienen “sus tiempos difíciles”, pero que por lo general este arte le “llena el alma”. Ya sea por sacar una sonrisa a los conductores, por recibir un par de aplausos o por el simple hecho de hacer lo que le gusta. Hace tres años que camina de la mano, esquina por esquina, con aquella pasión que se trasluce en cualquiera de sus funciones, y ahora, con esa experiencia a cuesta, se entusiasma con crear su propio espacio cultural en conjunto con otros artistas callejeros.

Ha pasado el tiempo rápidamente, pero yo no lo he notado, hace un instante eran las diez de la mañana y ahora son las doce del medio día; el gusto con el que mi amigo desempeña su labor, me ha despertado tal curiosidad que le pido sin reserva alguna me enseñe algunos de sus movimientos, él acepta sin vacilar.

De su maleta saca un par de bolitas llenas de arroz, y con la paciencia de un maestro al que le apasiona lo que enseña, detiene su actividad laboral solo para mostrarme algunos ejercicios básicos. Atenta y concentrada observo, me entrega el par de bolitas y como todo principiante empiezo a toda velocidad, el resultado: las bolitas se fueron al suelo. Divertido por mi ocurrencia, José sonríe y hace énfasis en decir que la clave de esta práctica es hacer repeticiones pausadas y constantes. Me siento como una niña pequeña, jamás hice algo parecido y la verdad, ser consciente de mi falta de coordinación me hace sentir muy avergonzada.

Miro nuevamente el reloj, el cual indica que es la una y cinco minutos, tengo clase de redacción y se me ha hecho tarde, me disculpo con José por tener que irme corriendo, pero no me voy sin antes entregarle un sándwich que llevo conmigo en la maleta. Lo recibe con gran satisfacción, y me devuelve otra sonrisa a cambio, me despido agradecida por su amabilidad.

Camino hacia la universidad, reflexiono acerca de lo importante que es vivir haciendo, como decidió José, lo que a uno realmente le gusta y pensé: “Eso que te apasiona es aquello que te hace sentir que puedes cambiar al mundo mientras le regalas al mismo lo mejor de ti” di un suspiro y con el corazón deseé que la suerte acompañara a este talentoso malabarista y artista de la calle, artista callejero.

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