#Opinión: Pero, ¿cómo? ¿No ve que están nuevos?

Esta historia forma parte de las muchas historias de niños y niñas que he conocido y que, por su valor, permiten ver cómo ven ellos el mundo, viven sus valores y buscan realizar sus ilusiones.

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Laboratorio del Espíritu

Regalos y sueños de niños

Era un sábado y se inauguraba una escuela muy esperada en una vereda del municipio de Tierra Alta en el Departamento de Córdoba. Después de casi dos años, su construcción y puesta en marcha habían sido posibles gracias a una alianza entre la diócesis local, el gobierno departamental y UNICEF. La diócesis había donado el terreno.

El Gobierno había construido la escuela con trabajadores locales, según parámetros educativos avanzados: aulas para garantizar el trabajo individual y en equipo, buena iluminación, higiene, ventilación, sanitarios independientes para los niños y las niñas, campo de juego, comedor y cocina escolar.

Algunos de los papás y mamás habían trabajado en la construcción. Además, se habían nombrado dos maestras. UNICEF iba a entregar los materiales educativos y, también, morrales con el uniforme completo y zapatos para los niños y niñas.

Una banda amenizaba el ambiente de fiesta y alegría, y nadie se quería perder el acontecimiento. Los niños y sus familias estaban contentos y esperaban la llegada de las autoridades. Por la época de lluvias, los caminos estaban enlodados y las familias y los niños habían trajinado para estar presentes, con sus pies testimoniando el barro de los caminos.

Por fin, luego de casi una hora, llegaron los patrocinadores de la nueva escuela, la banda tocó hasta cuando alguien les pidió hacer silencio para que la maestra leyera el orden del día y se iniciara la ceremonia. Afortunadamente el cielo estaba nublado y el calor era soportable. Todos cantaron a grito herido y con las mejores intenciones, pero sin la mínima entonación, el Himno nacional.

El secretario de educación, después de excusar al gobernador que estaba en la capital del país ese día, pronunció un discurso veintejuliero exaltando la generosidad del gobernador y su propia gestión, sin reconocer que lo que entregaba a la comunidad era su obligación y el cumplimiento bien retrasado de lo que todos esperaban desde hacía más de veinte años.

El Obispo fue parco y sólo hizo un agradecimiento a la familia que había entregado el terreno a la diócesis para que se construyera allí la capilla veredal. El aula múltiple de la escuela en donde estaba reunida la comunidad también serviría de capilla cuando fuera necesario y, de esa manera, se cumpliría la voluntad del donante, además de garantizar el servicio educativo.

El delegado de UNICEF felicitó a los niños y niñas, a los padres y madres que habían exigido por años su escuela y que habían puesto su tiempo y su trabajo para construirla. (Le puede interesar: Una educación del campo para el campo)

Invitó a los niños a recibir sus morrales y sus uniformes completos y la algarabía se apoderó del aire. Todos querían ver lo que había en los morrales y cómo eran los uniformes. Era un regalo que nunca esperaron.

Con ayuda de las dos maestras, de dos policías y de algunos padres y madres de familia, los niños se acercaron ordenadamente a recibir lo prometido. La dicha colmó el lugar pues, de verdad, los libros y los uniformes eran nuevos, limpios y bien confeccionados. Los niños tenían camisa, pantalón, calcetines blancos y zapatos con suela de caucho. Las niñas, faldita, blusa, medias y zapatos.

Casi todos aprovecharon para cambiar sus zapatos viejos y estrenarse los nuevos, guardando en la bolsa los viejos y embarrados zapatos. Sin embargo, en un rincón, un niño crespo y morenito, que estaba con su hermanito más pequeño, se negaba a abrir la bolsa y estrenar sus zapatos.

La maestra le preguntó por qué no se los ponía. El niño, mirando con ojos alegres y compasivos su regalo, con toda la inocencia, pero con la más clara lógica del mundo respondió, -pero, ¿Cómo? ¿No ve que están nuevos?-

La intuición de ese niño se me quedó grabada para siempre. Ese niño sabía lo que valían sus zapatos nuevos. ¡Su primer par de zapatos nuevos eran su tesoro más preciado! Él sabía lo que valía poder ir a la escuela y poder tener un uniforme nuevo que no iba a dañar por nada del mundo.

Ojalá todos los niños y niñas de nuestro país algún día puedan ver cumplido plenamente su derecho a recibir una educación a la altura de su dignidad y de su dimensión de seres humanos, los primeros de la sociedad.

PorBernardo Nieto Sotomayor- Equipo Editorial El Campesino.

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