San Juan María Vianney: el santo de los párrocos

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San Juan Maria Vianney, su estilo de vida es hoy el ejemplar para muchos sacerdotes que tienen a su cargo una comunidad.

 

Santo Cura

Por Nicolás Galeano

 

La vida sacerdotal es un don que Dios regala a ciertos hombres, para que sean heraldos y guías de las comunidades a las cuales Dios mismo les confía, la misión del sacerdote será pues la de pastorear el pueblo de Dios con amor solícito, entrega incondicional, ofreciendo con amor el sacrificio de Cristo en la cruz en la celebración de la Eucaristía, y haciendo las veces de Cristo en medio de su comunidad, de esta manera lo expresa el Apóstol Pedro en una de sus cartas: “A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a descubrirse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere, no por sórdida ganancia, sino con generosidad, no como dominadores sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5, 1-4). Alguien quien asumió a cabalidad esta misión y se convirtió en verdadero pastor para su comunidad, sin importar la fatiga y el cansancio que esto en ocasiones le exigía, fue sin dudas San Juna María Vianney, conocido como el “Santo cura de Ars.” Este santo nació en la pequeña aldea de Dardilly, el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre de bienes materiales, pero rica en humildad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa. El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: “¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! no se comprenderá bien más que en el cielo. Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor”. Además, de niño había confiado a su madre: “Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas”. Y así sucedió; en el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco, de una aldea perdida del sur de Francia, logró identificase tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en otro Cristo, imagen del Buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). A ejemplo del Buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el Sagrario o pasar muchas horas en el confesionario. Logró tocar el corazón de la gente, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral, fue el amor que sentía por el misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos y por todas las personas que buscan a Dios. Murió en Ars, Francia, el 4 de Agosto de 1859 y fue canonizado el 31 de Mayo de 1925 por el Papa Pio XI. El Papa emérito Benedicto XVI en el año sacerdotal (2009-2010) lo declaró patrono de los párrocos.

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