12 consejos que revolucionaron espiritualmente mi Cuaresma

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Este artículo recoge algunas de las reflexiones que el Señor inspiró en la autora, en un retiro que tuvo hace poco tiempo.

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Por Luisa Restrepo

En nuestra vida somos como el leproso del Evangelio: estamos en camino de sanación. Caminamos en la fe y en la esperanza de que Jesús, con su gracia y casi sin darnos cuenta, vaya sanando y transformando nuestro corazón.

Ha sido bonito hacer el retiro antes de estos 40 días de preparación hacia la Pascua. Creo que, para la Cuaresma, estos 12 consejos, podrían serte de mucha utilidad en tu camino de cercanía con Jesús.

  1. Nuestra conversión es una tarea imposible

Sí, leíste bien, es imposible. No está ni estará nunca dentro de nuestras posibilidades. Convertirse significa dejar que Otro intervenga. Definitivamente no puedo hacerlo yo solo, necesito que Dios intervenga, pase a mi lado en el camino y me cure. Nuestro proceso de conversión no es otra cosa que ir haciéndonos, poco a poco, mendigos de su gracia. Nuestra vida es como un hospital de campaña, conforme va pasando el médico (Cristo) va a curando a los enfermos.

  1. Implica un cambio de mirada

Estamos acostumbrados a vernos a nosotros mismos y a la realidad desde nuestra mirada limitada y muy humana. Cuando miramos las cosas desde el amor y desde la esperanza, se nos descubren realidades que no se ven tan fácilmente. Se trata de pedirle a María que nos ayude a ver con sus ojos. Después de la crucifixión y muerte de su hijo, cuando lo contempla en sus brazos, es capaz de ver al Resucitado. Cambiar nuestra mirada significa aprender a ver que nuestra limitación es el lugar de la salvación. Sí, así es, lo inesperado surge en medio mismo de la desesperanza, y Dios puede obrar cosas grandes en nosotros si es que dejamos que nuestra fragilidad de lugar a su presencia.

  1. Se trata de mirar siempre con ojos de hijo

En la vida no es lo mismo tener una mirada de huérfano que de hijo. Pensemos cuán diferente es para un niño afrontar las dificultades, solo o en la compañía de su padre. El Señor nos invita a mirar constantemente a nuestro Padre. Nuestra condición es la de ser hijos dependientes de su amor. Se trata de preguntarnos constantemente: ¿Hacia dónde está dirigida nuestra mirada?, ¿hacia lo malo que hay en mí y en el mundo, o hacia la presencia de Cristo en mí?

  1. Convertirnos a la belleza

Poner la mirada en Cristo, vivir seducidos por su belleza, nos descentra de nosotros mismos. Cuando nos dejamos deslumbrar por una belleza superior dejamos de pensar tanto en nosotros mismos. Se trata de no permitir que nuestros afanes diarios apaguen nuestra apertura a la gracia y al asombro de las constantes luces que Dios pone en nuestra vida. Pensemos en el amor humano: cuando un chico se enamora de una chica vive embelesado por su belleza y se olvida un poco de sí mismo. Así, el que ama a Cristo, vive de la contemplación de su belleza y eso le permite descentrar su mirada de lo que no es de Él.

  1. Tomar conciencia, una y otra vez, del tesoro encontrado

Darnos cuenta de quién es Cristo en nuestra vida, de lo Él significa para nosotros. Volver constantemente a este pasaje de nuestra vida: «Yo iba caminando por el campo de mi vida y de repente me encontré un tesoro. Vendí todo lo que tenía y compré el campo donde estaba porque valía más que todo lo que ya tenía». Convertirse significa ser capaz de ver la realidad en su conjunto: que, aunque el campo de mi vida tenga muchos defectos, en él está contenido un tesoro invaluable que no cambiaría por nada. Esto es lo que vale más.

  1. Vivir el hoy. Solo el hoy es real

El diablo nos saca del momento actual, nos impide ver el presente, nos encierra en las culpas del pasado o en las incertidumbres del futuro. En cambio, Dios actúa en nuestra realidad, en nuestro hoy. No hay nada más real que nuestro presente. Debo crecer en mi fe para darme cuenta que, aunque este se me presente como doloroso, si me aparto de él por la desesperanza, la desconfianza o el olvido, me quedo sin recibir lo que Dios me da.

«Al levantarnos cada día, cualquiera que sea la situación que experimentamos, incluso la más difícil o dolorosa en extremo, hay un bien a punto de nacer en el límite de nuestro horizonte humano» (Luigi Giussiani).

  1. Vivir en conformidad con lo que somos

Nuestra condición es la de ser caminantes, quienes –sabiéndose en marcha– no cierran los ojos a los desiertos que transitan y saben que el desierto no tiene la última palabra. Muchas veces caminamos como si solo hubiera arena y censuramos el horizonte que se nos abre más allá, o nos escandalizamos de nuestra propia debilidad o de la debilidad de las personas que nos rodean. Sí, es verdad, somos pecadores y necesitamos de la ayuda constante de la gracia, pero también somos hijos amados de Dios. Él vive en nosotros y nuestra vida está abierta a la santidad y la felicidad.

  1. No vivir de los acontecimientos, sino de EL acontecimiento real

Es la mirada que se remonta y mira a Cristo, recuerda a Cristo vivo y presente cuando todos parecen olvidarlo (como cuando María ve el cadáver de su hijo y lo ve Resucitado). En los momentos difíciles o cuándo todo va bien, aprendamos a preguntarnos: ¿Qué bien quiere sacar Dios de este acontecimiento? Pues, detrás de todo acontecimiento está la Resurrección, el real y verdadero acontecimiento que llena de sentido y de esperanza nuestra vida.

  1. Aprender a vivir perdiendo y aceptar ser derrotados por los demás

Perder los dones para quedarnos con el donante. Perder lo que tengo entre mis brazos para poder abrazar al Padre. Aceptar ir a Dios con mis manos vacías, porque lo que Él quiere son mis manos, no mis manos llenas. Los cristianos creemos que cuando viene un fracaso a nuestra vida, es porque Dios quiere triunfar. Cuando viene una oscuridad, es porque Él quiere ser La luz.

«Ningún luchador es tan divino como aquél que puede aprestarse a vencer mediante la derrota. En el momento en que recibe la herida mortal, su adversario cae definitivamente herido a tierra. Pues él ataca al amor y resulta afectado por el amor»(Hans Urs von Balthasar).

  1. Creer que la Cruz es el árbol de la vida

Como cristianos estamos llamados a entrar en la Cruz. Jesús nunca nos dijo lo contrario, más bien afirmó este punto –y varias veces–. La cruz siempre fue, es y será el medio, el lugar, la ocasión, el instrumento de nuestra salvación. Vivir quejándonos de ella como si fuera un obstáculo, es vivir como si no fuéramos cristianos.

  1. Reconocer mi lugar concreto en la Iglesia

No soy el centro de la historia, por lo tanto, he de vivir como un miembro más de la Iglesia. No debo empeñarme solo en lo mío, mirar solo lo que a mí me pasa, santificarme como a mí me parece, como yo creería que tengo que convertirme, etc. Se trata de conocer y de ser fiel al lugar en el que me ha puesto Dios para mi propia felicidad.

  1. Vivir en esperanza

Vivir a la espera de que el Señor realice un milagro. Lo propio de nuestra vida humana es ser salvados. Nadie puede impedir que la primavera brote y que la tempestad se calme. Preguntarme siempre: ¿Cuáles son mis derrotas? Porque estas son el germen para que la vida nueva germine. Más abajo de mi caída están las manos de Jesús. Él se ha puesto tan abajo para que no haya caídas tan hondas que Él no pueda rescatar. Él se ha puesto antes del infierno.

Nuestra vida consiste en crecer a la medida de lo que esperamos, a la medida de nuestra esperanza.

 

Fuente: http://catholic-link.com/2017/03/01/consejos-revolucionaron-cuaresma/

 

 

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