Carta del campo: Hay que pensar más en la población carcelaria

¿Es este un verdadero remedio social?, es la pregunta constante que se hace sobre los centros carcelarios, en esta reflexión.

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Esta semana, nuestro Arzobispo Primado de Colombia, Luis José Rueda Aparicio, nos invita a tener presente la población carcelaria, sus necesidades y estado de marginamiento en que se debaten cada día. Por solidaridad cristiana, es saludable tenerlos presente y compadecernos de sus angustias y penalidades pues sus dolores son humanos y tocan a la humanidad entera. Mantenerlos en el olvido y desdeñarlos, es una injusticia social que clama al cielo. Nosotros, como COMITÉ DE COMUNICACIONES DE ASOACPO NACIONAL, abordamos con dolor este tema del cual pocos se ocupan. Se piensa que están ahí porque son malos y se lo merecen. Esta no es una actitud cristiana pues son hermanos nuestros que fallaron en algún mal momento.

Aunque hablar de esta realidad es deprimente pues refleja lo que somos como humanos y la inhumanidad conque esta sociedad castiga a sus miembros, comenzamos con una rápida historia de los mal llamados centros de “rehabilitación social”.  En 1837 el país tuvo su primer Código Penal, apenas 18 años después de su consolidación como Estado. Las comunidades precolombinas ya tenían la noción de justicia y la ejercían. Algunas etnias adoptaron formas de castigar los crímenes parecidas a la “ley del talión, ojo por ojo y diente por diente.” Ya, al inicio del siglo XVI, con la llegada de los españoles, la justicia indígena quedó relegada a las imposiciones de los invasores. Surgieron las prisiones con privación de la libertad.  Las primeras fueron, la Real Cárcel, la del Divorcio, la de Zipaquirá y la de Santafé.

En el gobierno de José Ignacio Márquez, 1837 – 1841, se implementó un sistema carcelario bajo un código penal expedido en 1837 especificando las penas privativas de la libertad, con el propósito de disciplinar y resocializar al delincuente. En 1890, las religiosas del Buen Pastor crearon la primera cárcel para mujeres en Colombia, en 1914, se estableció la Dirección General de prisiones primera entidad pública encargada de “velar” por la población reclusa. En ese momento la cifra de reclusos no superaba los 5.000 y la población del país era de cinco millones. Ya durante el periodo comprendido entre 1948 – 1958, periodo denominado de “la violencia” el número de reclusos subió a 37.000. Hasta aquí, pues esta historia es extensa y amarga.

Con la información anterior y sabedores de la crueldad y el horror que soportan estas personas en las cárceles, nos hacemos los siguientes interrogantes: ¿Cumplen los actuales centros de reclusión con la resocialización propuesta? La respuesta es contundente, NO. ¿Son necesarias las cárceles para mejorar la convivencia social? NO. ¿Habrá otra forma de corrección y rehabilitación social? La respuesta queda abierta. El Papa Francisco en su viaje a México, visitó una cárcel de mujeres con numerosas reclusas que, reunidas en un patio muy grande, lo recibieron con entusiasmo. Una de las reclusas pronunció un discurso conmovedor. El Papa Francisco en su respuesta, visiblemente conmovido dijo: “las cárceles no debieran existir, son lacras de la sociedad”.

Nosotros, formados por las Escuelas Radiofónicas con la metodología de la Educación Fundamental Integral, somos sensibles a la desgracia humana y sabemos que las autoridades, basadas en la ley, violan impunemente los derechos humanos tan cacareados por ellos mismos. La libertad de movimiento es un derecho humano fundamental que debe respetarse. Las cárceles lo violan impunemente. Se agrega a esto las condiciones lamentables de alimentación y alojamiento. El Estado y sus agentes no calculan el negocio tan malo que hacen sosteniendo este sistema perverso. ¿Cuánto cuesta al Estado sostener un recluso durante 15 años de prisión? ¿Cuánto le costaría al Estado sostener un joven estudiante durante 8 semestres en una Universidad? Podríamos hacer innumerables consideraciones sobre este tema, pero nos llenaríamos de angustia. Vivimos en una sociedad castigadora, se escucha frecuentemente sentencias como estas: que los metan a la cárcel, que se pudra en la cárcel, que le apliquen el castigo merecido y otras sentencias más sin derecho a la defensa. En ASOACPO NACIONAL nos hemos propuesto alimentar nuestras mentes con energías positivas que favorezcan la salud y den vida. Queremos más bien, parecernos al Maestro Nazareno, que nos da esta enseñanza: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó Ninguno señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar.” (Juan 8, 10-11)Ahí tenemos pues la enseñanza.  Soñamos con un país solidario, justo, próspero y en paz.

“NUNCA DEJES DE LUCHAR POR LO QUE AMAS”

COMITÉ DE COMUNICACIONES ASOACPO NACIONAL.

Por: Luis Eduardo Correa Z.

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