Carta del campo: Historia de resiliencia de una mujer ex combatiente

Tras varios años de dificultad, Lida María Valdés sigue en la búsqueda de una mejor calidad de vida para ella, su familia y su comunidad. Esta vez, capacitándose gracias al proyecto MIA ejecutado por Acción Cultural Popular - ACPO.

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Foto por: Diana Marín

Mi nombre es Lida María Valdés Benavidez. Nací en San Agustín Huila, pero desde los 9 años a mi padre se le presentó la forma de venirse para el Caquetá, fue así cómo llegamos a vivir en aquí. En una parcelita que le dio el INCORA. Mis padres eran gente noble, personas muy humildes y con muchos principios y valores. Nos enseñaron siempre a ser personas neutrales, a mirar, pero no juzgar, ni hablar. Recuerdo que mi mamá nos decía que uno nunca debe estar a favor de algún bando, refiriéndose a los grupos armados existentes. Mientras vivía con ellos nunca tuve un inconveniente o problema con algún grupo. 

Tuve mi primera hija a los 20 años sin buena suerte con el papá de ella, luego de dos años empecé una relación con el padre de mis siguientes dos hijos, lo conocía desde siempre, pues con él compartí parte de mi infancia en la escuela. Lamentablemente, sin pensar, ni tener en cuenta los consejos de mi madre me dediqué a vivir y a seguirlo para donde me llevara. Yo soy la única de mi familia que tuvo gusto por la llamada guerrilla, pero nunca se lo hice saber a mi familia; pero siempre tuve ese interés en la mente porque este grupo armado en la región hacía justicia por la gente. 

Mi nuevo compañero también tenía un gusto mayor por la guerrilla, más del que yo podía imaginar. En el tiempo del despeje, él se puso a trabajar con algunos de esos miembros, incluido James llamado “Pata Mala”, nunca le pregunté qué hacía exactamente porque mi vida con mi marido a veces era complicada; yo solo sé que para el año 2006 nos tocó salir desplazados y nos fuimos para  Bogotá y luego de tres años regresamos a San Vicente del Caguán, donde mi marido se puso a trabajar en oficios varios en fincas y cuando regresamos al pueblo se puso a trabajar como mototaxi.

Después de una discusión y algunos problemas  se dedicó a trabajar como miliciano olvidándose de la promesa que me había hecho. Para él fue fácil ya que su gusto por la guerrilla lo llevaba en venas. Al pasar los días, fui a visitarlo y me pidieron un encargo, realmente se trataban de unas moñas que costaron cinco mil pesos, tenía que hacerlas llegar en el Mixto que iba para Neiva; de esta manera, la guerrilla comenzó a pedir muchos más encargos. 

Me dediqué a trabajar con ellos, guiándome por la forma de trabajar de mi marido, nunca le preguntaba nada, pero sí tenía bien presente en qué parte hacía compras y cuáles eran las señas para saber qué era lo que compraba. En diciembre del 2014 hicieron un allanamiento en mi vivienda, saliendo ilesa gracias a Dios. Mi marido por otro lado, tuvo muchas aventuras y un día simplemente se fue, pero lo hizo de una forma compleja, dejando una mala imagen ante aquel grupo y sembrando una duda en mí. Fueron días duros y tristes pero que con la ayuda de Dios logré superar, decidí alejarme poco a poco pues sabía que me tenían en investigación, además un llamado amigo me había echado al agua con la ley de mi forma de trabajo.

Empecé a trabajar en un supermercado cerca del lugar donde vivía, pero eso no fue suficiente para que aquel llamado amigo me señalará de ser colaboradora de la FARC-EP, llevándose mi captura el 16 de marzo del 2016 acusada de rebelión y no sé qué otras cosas.  Conducida a Rivera, Huila pues desde Neiva era mi señalamiento, gracias a Dios fue solo un año, aunque a decir verdad para mí fueron siglos, no se lo deseo ni a mí peor enemigo. Allá se pierde todo lo conseguido y lo habido por conseguir, con decir que casi pierdo a mis hijos, les tocó sufrir mucho, no tenían una guía, ni compañía, ni quien los ayudará a conseguir sus cosas básicas. 

Pensé en emprender un negocio propio y empezar a recuperar lo que se perdió por estar en cárcel. Tenía un puesto en la plaza de mercado, pasé el proyecto para fortalecer mi negocio, cuando me salió conseguí un local fuera de la plaza confiada en que me iba a ir mejor ¡Pero qué va! lo material, aunque me salió costoso y no fue lo que pedí, ahí está. Pero el mercado todo fue como el proveedor quiso. La mayoría fueron cosas de aseo lo más caro que incluía el IVA. Lo de grano, lo que no estaba con gorgojo, estaba vencido, y fuera de eso una marca no comercial que la gente no consume y más caro que los productos normales. 

Fue así como fracasé de nuevo, tuve que vender el grano a más bajo precio a una persona que maneja cantidades alarmantes, para que no se me dañara todo y pues lo dañado echarlo a la lavaza. Tristemente el gobierno no da puntada sin dedal, al pobre siempre lo llevan por la doble. Y cabe aclarar que   puse en conocimiento mi descontento con mi facilitadora. En mí no se podía hacer nada, pero al menos para que esos mismos proveedores no fueran tenidos en cuenta para un nuevo proyecto.

Esta es parte de mi historia, me gustaría contarles a mayores detalles, pero eso llevaría mucho tiempo. Quiero contarles también que se me han abierto las oportunidades para continuar estudiando con el proyecto Mujer Mestiza, Indígena y Afrodescendiente – MIA de la Unión Europea. Gracias a Dios llegaron a nuestro bello municipio y nos dieron la oportunidad de seguir estudiando y capacitarnos a través de las Escuelas Digitales Campesinas – EDC de ACPO.

También me han abierto este espacio a través del periódico rural El Campesino para contar parte de mi historia; tengo muchas expectativas y quiero llegar al final de este bello proyecto porque ya mi confianza en el gobierno  son pocas. Yo aprovecharé cada conocimiento que el proyecto MIA me brinda para fortalecer mi familia y mi comunidad.

Por: Lida Valdés Benavidez.  Participante del proyecto MIA en Caquetá. 

Editor: Karina Porras Niño. Periodista – Editora. 

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