Carta del campo: Los que quedan en la historia que nadie conoce

Esta es la carta de Sara, una excombatiente en proceso de reincorporación participante del proyecto MIA en Chocó, que cuenta la historia de aquellas personas de zonas rurales que ya no están en el mundo a causa del conflicto armado en Colombia.

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Foto por: Juan Esteban Moreno. Facilitador ACPO en Chocó.

No quiero que pase un aniversario más, sin que nosotros que lo conocimos, contemos aunque sea una pequeña parte de lo que fue su vida. Así que yo les quiero comentar.

Guerrillero al cual en su nacimiento se le puso por nombre Ricardo. Un Hombre de familia muy humilde, diría que demasiado humilde. El papá era cultivador de caña, ya cumplía 68 años, y a pesar de estar enfermo, todavía seguía cumpliendo con largas jornadas de trabajo. 

Su mamá era analfabeta, y además, muda; también estaba embarazada de su tercer hijo. Ricardo, también tenía una hermana menor que él. Ellos colaboraban a la guerrilla, porque la guerrilla en ciertas partes del país se había ganado el afecto de las familias campesinas. 

Por esos días, las cosas se complicaron. El enemigo dio inicio a una de sus tantas operaciones; llegando así, con toda la fuerza a esta humilde región; haciendo lo que sabían hacer; atropellar a la población inocente e indefensa. La guerrilla viendo esta situación, montó unas embocadas para tratar de contrarestar el daño irremediable en la población; pues ellos siempre llevan la peor parte. 

En la casa de Ricardo, los soldados siempre estaban demasiado cerca, porque compartían el agua. La guerrilla se dio cuenta de donde estaban los soldados y les lanzaron una granada, la cual al explotar mató un soldado e hirió a otro. Lamentablemente, el ejercito furioso la tomo en contra del papá de Ricardo y los demás familiares. 

Los acusaron a ellos de tirar la granada. Al vejo lo amarraron y le pegaron, lo querían matar, le hicieron mucho daño a su cuerpo. La señora muda también estaba amarrada. En la mañana escucharon decir que venía el helicóptero por ellos. El viejo les decía que los soltara, pues ellos habían hecho nada. Pedía que dejarán libre a su mujer embarazada de siete meses, que le hicieran daño a él y no a ella.

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No lo escucharon. Hasta muy tarde ese día los soltaron y les advirtieron que iban a estar pendientes de ellos, porque eran milicianos de la guerrilla. De ahí en adelante, las cosas se pusieron mal para la vida de esta familia. El viejo no podía casi trabajar, se sentía solo y desamparado; estaban prácticamente aguantando hambre. La venta de la panela no compensaba los gastos y por su elevada edad no le daban trabajo, jornalear también resultaba difícil. 

Lo que más les hacía falta era la tranquilidad y el no sabía para donde coger. Ricardo para ese entonces llevaba lejos por casi dos años. El viejo no sabía nada de él, quería llamarlo para que le diera una idea de qué hacer. 

Un día por el camino, Ricardo se encontró con un amigo de su papá; él le pregunta por su familia; entonces, el señor le comenta lo mal que estaban las cosas y que el papá deseaba hablar con él. Ricardo pidió permiso para llamarlo, cosa que en la guerrilla tenía que hacer por norma. Tenía que esperar que el mando lo autorizara. Luego de un mes, por fin llegó el permiso; tenía que subir hasta el filo para poder hablar con su papá. 

Su papá le dijo que él iba hasta donde estuviera para hablar personalmente, pero como el no podía concretar un encuentro sin consultar antes, dijo que luego lo llamaría. Ricardo informó la situación de su familia y el gran temor que tenía, que querían salir de esa región que les ayudaran.

Después el viejo visitó a Ricardo y se cuadró todo para el traslado. La familia a los cinco días recogió sus pocas cositas y estaban muy animados de comenzar de nuevo en otro pueblo. Los días pasaron, el viejo por el agotamiento cayó en la cama y salió varias veces para el medico, pero la atención no era buena. No podía moverse, solicitaba ayuda a su hijo para buscar un nuevo hogar. 

Para nosotros era muy difícil decirle al padre de Ricardo, que su hijo había muerto al explotarsele una mina, y que ya llevaba varios días enterrado. Se espero a que su condición de salud mejorara y se le contó lo sucedido.

Él lloraba día y noche y las cosas en la región no mejoraban. Un día llegó el enemigo, el ejercito hizo su aparición en helicopteros y bombardaron alrededor de la casa. Detuvieron al viejo, a su esposa muda y una vecina. La guerrilla no podía ayudarlos en ese momento. A la familia la tuvieron separada todo el día en el monte y bajo amenazas. Para orinar debían pedir permiso, así fue por tres días. Luego hubieron enfrentamientos grandes entre diferentes frentes y la familia estaba en medio de la guerra. El hermanito menor de Ricardo quedó con traumas, ante cualquier aparato aéreo se metía debajo de la cama, gritando que iban a morir.

Ricardo era un muchacho muy humilde, sin opciones en la vida, pero con una madurez no acorde a su edad. Quizás porque su niñez fue de miseria. Amaba a su mamá y había aprendido a comunicarse con ella por señas. Cuando lo conocimos era algo que le admiramos, tenía muchos sueños de un cambio y siempre fue muy dedicado. Su deseo era que hubiera justicia, que no hubiera pobreza. Ricardo murió a los diecinueve años de edad, el 11 de octubre de 2010. 

Sara, autora de esta carta del campo, participa del proyecto MIA, financiado por el Fondo Europeo para la Paz de la Unión Europea, que tiene cómo objetivo el desarrollo sostenible de mujeres en procesos de reincorporación. Hoy están usando diferentes mecanismos para contar historias que antes no habían podido expresar. 

Por: Sara García. Participante del proyecto MIA en Chocó.

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