Los jóvenes que protegen el patrimonio paleontológico de Colombia

“Cuando tenía 8 años, mi abuelo me llevó a buscar fósiles. Había que mirar entre las piedras hasta encontrar algo diferente. Mi hermano mayor, Andrés, ya había ido a buscar fósiles. Desde ese día soy paleontólogo empírico y me aficioné por investigar, por buscar, por descubrir”.

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Foto: Bernardo Nieto Sotomayor.

El Desierto de la Tatacoa se extiende por cerca de 300 kilómetros cuadrados y está ubicado en cercanías del municipio de Villavieja, en el departamento del Huila. Hace más de 11 millones de años fue un valle rico en lagos, ríos y pantanos.

Entre otros animales, habitaron allí grandes reptiles, tortugas terrestres y acuáticas, cocodrilos y caimanes, osos y perezosos cuyos enormes huesos, colmillos y caparazones nos hoy descubren un apasionante pasado lleno de vida y grandeza.

Es un terreno seco y desértico, con calores sofocantes que superan los 45 grados, donde el viento sopla a su gusto y la lluvia tropical desmorona montañas, llenando el paisaje de cárcavas y estoraques. Aunque estas formaciones identifican el desierto, la planicie ondulada guarda rastros apasionantes de una vida pasada.

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Tenía muchos deseos de conocerlo, por su fama de lugar privilegiado para observar estrellas, constelaciones y estrellas fugaces. Su cielo es esplendoroso, pero fue la mente joven y brillante de nuestro guía la que me hizo ver que sus gentes, cuando la tierra ya no es de ellos y cuando el desierto ya no produce alimentos, buscan y encuentran mejores oportunidades para vivir dignamente.

Rubén Darío Vanegas es un joven guía y futuro paleontólogo hecho a base de esfuerzo, trabajo y estudio. Nació y vive en Villavieja, la capital paleontológica de Colombia. A sus 22 años, bien pudo ser un esforzado jornalero de esa región; sin embargo, el trabajo, la constancia y el estudio, los convirtieron, a él y a su hermano Andrés, en pilares de la Fundación Vigías del Patrimonio paleontológico de La Tatacoa.

Son guías, artesanos y paleontólogos empíricos que ya acompañan a los investigadores del Instituto Smithsonian de Washington, buscando y clasificando fósiles por los andurriales resecos del desierto. Nos dio una lección de conocimiento de la tierra, pero más, de sencillez, sabiduría y, sobretodo, de superación de las limitaciones impuestas por haber nacido en esa “lejanía”.

Su padre es Octavio Vanegas, carpintero experto de la vereda, y su madre, Dennis, es una sencilla, bondadosa y amorosa mujer. Los dos hijos de la pareja se han dedicado a labores bien diferentes de las de sus mayores, expertos jornaleros de los campos de arroz y algodón. Los hermanos saben mirar el suelo para descubrir sus historias escondidas y están decididos a ser vigías del patrimonio que les permite vivir, “sin ánimo de lucro”.

B.N; ¿Cuándo te iniciaste en este trabajo?

R.D.V: “Cuando tenía 8 años, mi abuelo me llevó a buscar fósiles. Había que mirar entre las piedras hasta encontrar algo diferente. Mi hermano mayor, Andrés, ya había ido a buscar fósiles. Desde ese día soy paleontólogo empírico y me aficioné por investigar, por buscar, por descubrir”.

B.N.: ¿Cómo se formó el desierto?

R.D.V: “Este valle se secó por los terremotos que hicieron surgir las dos cordilleras que flanquean la planicie, reseca en verano y llena de lodo en época de lluvias. Las altas temperaturas contribuyeron a la desaparición de las especies vegetales que alimentaban a los grandes animales. Pero nos dejaron su rastro y el testimonio de su presencia en estas tierras”.

B.N.: ¿Qué fue lo primero que encontraste?

“El primer fósil, fue una tenaza de cangrejo (dactilópodo) y una pieza dental de sebecus huilensis un cocodrilomorfo terrestre. Esas fueron las primeras piezas de mi hermano y de la colección. Las mías fueron un caparazón de tortuga que encontró un amigo en una localidad que se llama Cenicero. Fue el primer fósil que vi y, luego, unos dientes de cocodrilos y caimanes”.

Con mi abuelo, Wenceslao Vanegas, conocí los xilopalos, que él llamaba  «Diomates», porque hay un árbol llamado Diomate de madera muy fina. Él creía que se convertían en roca, y a los dientes que encontraba los llamaba «Cachitos de piedra».

B.N.: Pero, alguien más influyó en tu formación. ¿Quién fue tu profesor o profesora favorita?

“Se llamaba Samara Olaya y le aprendí muchísimo. Sus clases de biología eran las mejores. Era el mejor de la clase y siempre mis notas eran “superbuenas”. Ella me prestaba libros y en los trabajos me ayudaba a profundizar y avanzar más. La enseñanza más grande que me dejó fue el afán por la conservación. Nos inculcaba el amor por la naturaleza, investigar, cuidar y proteger”.

B.N.: Hemos visto tus tallas y tus figuras de totumo. ¿Cómo te hiciste artesano?

R.D.V: “Mi abuelo construía cucharitas y él fue el primero que me enseñó a coser el totumo, a sacarle las pulpas y a hervirlo para que se endureciera… La primera vez hicimos unos vasitos. Luego me construí una copa que fue mi primera artesanía. Y como uno está en la paleontología, ¿Por qué no hacer animalitos? Y empecé a bocetarlos en las agendas de campo y descubrí cómo hacerlos.

N.: ¿De dónde te viene el gusto para trabajar madera y totumo?

R.D.V: “Me gustaba construir cosas con mi hermano, a él también le gusta construir. Hace tiempo hicimos unas espadas de madera y jugábamos con ellas. Como mi papá es carpintero y tiene gran habilidad, eso influye. He tomado influencias de todas las personas que han dejado su huella en mí. Mi hermano, mi papá, mi mamá, mi abuelo. Eso es lo que ha incidido en todo lo que hago”.

B.N.: ¿Cómo te imaginas tu vida dentro de cinco años?

(Al responder Rubén Darío, se llena de ilusión y de entusiasmo)

“Graduado de biólogo y en proceso de ser un paleontólogo en Argentina o en alguna universidad. Quiero la Fundación bien consolidada, con un buen equipo de trabajo, que nuestro museo sea un gran pilar para la investigación, que nuestro laboratorio continúe, que encontremos nuevos animales que le aporten mucho más a la ciencia y que seamos un trampolín para los jóvenes; que encuentren apoyo para ser biólogos, geólogos e inculcar este tema de la paleontología que está muy relegado. Que tengamos instalaciones adecuadas para recibir turistas en nuestro museo de historia natural.

Se dice que somos la capital paleontológica de Colombia, pero no hay ningún paleontólogo de Villavieja, ni del Departamento del Huila. Quiero dominar el inglés para leer todos los libros y los papers que tengo aquí acumulados.

B.N.: Pero solo, no vas a poder lograrlo. Tienes necesidad de apoyo y más gente joven trabajando contigo. ¿Cómo vas a inspirar a otros para que te acompañen?

R.D.V. Me veo como ejemplo para los jóvenes, para que se motiven y vean que sí se pueden hacer las cosas, que se puede llegar lejos, que sí es posible estudiar aunque no haya recursos, que de una u otra manera se puede salir adelante utilizando la imaginación, siendo creativos, constantes y sin desfallecer al primer obstáculo. Así me veo. Así somos mi hermano y yo. ¡Y mi papá y mi mamá…!

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Foto: Bernardo Nieto Sotomayor.

Rubén Darío, Andrés y su familia, son una muestra de lo mejor de nuestra gente. Al despedirnos con un abrazo y un apretón de manos, les agradecimos sinceramente y supimos que nos identificamos en muchas cosas y, particularmente, en la convicción de que las grandes sólo se logran con tenacidad, persistencia y tocando a las puertas de personas y entidades que vibren con los mismos ideales y que compartan los mismos valores. Estamos seguros de su éxito.

Ellos ya tienen al Instituto Smithsonian de su lado, pero aún deben estudiar biología, geología y paleontología y necesitan apoyo para ser los primeros paleontólogos huilenses. Estudiando a distancia en alguna universidad colombiana, podrán lograr lo que tienen en mente. En algunos años quiero volver para acompañar su desarrollo y crecimiento.

Desde estas líneas agradecemos su tiempo, su paciencia con nosotros y su compromiso con su tierra, su desierto y su patria. ¡Buena marcha a la Fundación Vigías del Patrimonio paleontológico de La Tatacoa!

Por: Bernardo Nieto Sotomayor. Equipo Editorial Periódico El Campesino.

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