Museo de Antigüedades, el lugar de las historias en el Eje Cafetero

“A mí toda la vida me gustaron las cosas antiguas, desde peladito me acuerdo cuando estaba en la guaquería; me gustaba por las antigüedades”, cuenta don Carlos Alberto Hincapié, fundador del museo en Montenegro, Quindío.

0
921
Foto: Cristian Camilo Galicia. El Campesino.

Jarras de bronce; animales en cobre rojo; gramófonos; llantas que datan de 1919; estampillas de tapas de coca cola del año 72; porcelanas; pintorescas tinas de leche de hierro macizo; pipas; monedas y billetes errantes; cuarzos; baúles;  estufas de petróleo; planchas de carbón; teléfonos; incontables discos; candelabros; libros; tornamesas; cámaras; entre otros innumerables objetos de gran valor histórico y simbólico yacen en este Museo de Antigüedades.   

En la vía Montenegro-Circasia, en la vereda La Siria, en lo que fue otrora una finca cafetera, se encuentra un particular museo que atrae turistas de diversos rincones del Eje Cafetero. Allí, lo que muchos pueden considerar chécheres, baratijas, u objetos demasiado anticuados, cobran gran valor para aquellos nostálgicos creyentes del dicho que reza: “todo tiempo pasado fue mejor”. 

Le puede interesar. Museos colombianos, espacios de sabiduría que protegen nuestra identidad

Así es, por lo menos, para don Carlos Alberto Hincapié, quien desde una temprana edad fue presa de un indeleble pálpito que le llevó a coleccionar artículos antiquísimos, fragmentos de un pasado que ansiaba conocer. Su afición que era una con él, le trazó el camino hacia lo que llegaría a ser, un conocido coleccionista y fundador de un singular museo.

“A mí toda la vida me gustaron las cosas antiguas, desde peladito me acuerdo cuando estaba en la guaquería; me gustaba por las antigüedades”.

Un día, caminando a la orilla de una quebrada percibió una tacita vetusta que había sido arrastrada y descubierta por una borrasca, su voluntad de inmediato se volcó por poseerla e hizo las maromas que pudo para recogerla. Dichoso, de regreso a su casa, la colgó en una esquina, y sin darse cuenta ésta se convirtió en la piedra angular de su sueño. Así fue como tras 50 años de perseguir vestigios, a través de una historia de serendipia abrió el Museo de Antigüedades.  

“Yo le digo a la gente por joder le vendo esa taza, y dicen; ‘¡¿Eso para qué?! ‘, pero no saben que no la vendo. Esa taza me parece hermosa, fue la primera antigüedad que tuve aquí”. Han pasado 2 años y medio desde su apertura, y con incontables objetos antediluvianos el museo ha tenido diversas exposiciones, las cuales se han caracterizado por no ser permanentes, ya que su unicidad radica en que todo está a la venta.

El origen ecléctico de los artículos es otra característica sobresaliente del museo y su  organización que como curador don Carlos le ha dado a su hangar es de tal forma que, una vez adentro las paredes muestran el gran trabajo por mantener la coherencia con la  tradición kitsch que caracteriza el diseño de interiores criollo en Colombia.

Foto: Cristian Camilo Galicia. El Campesino.

La familia, importante eje del museo

Los objetos de bronce son los que más se venden, especialmente figuras de animales en bronce. El precio del objeto varía en su antigüedad y calidad. “Yo voy a mucha parte, averiguo y me traen aquí, de Bogotá, de Nueva York; llegan por accidente. Voy de pueblo en pueblo, me pongo a conversar y digo, ‘¿Ve, tienen antigüedades?’…La gente no sabe qué tiene, las antigüedades vienen de muchas partes y todas tiene su historia”. 

Con importante meticulosidad este diletante coleccionista escoge los nuevos artículos del museo, entre más antiguo, más le gustan, y aunque todo está a la venta admite: “Me da duro. Hay cosas que por obligación, por motivo de escasez,  me ha tocado venderlas, pero yo por mí no las vendo, porque sé que no la consigo fácilmente”. 

Además de administrar su museo, don Carlos también hace muebles de madera, tapiza,  y de las más inimaginables materias prima crea originales artículos de arte: sillas con hermosas figuras, estatuillas de animales, mesas, e incluso, algo fastidiado de lo poco estéticas que son las tejas de zinc, hizo su propio fogón de leña con el techo de un Nissan patrol modelo 76, donde cocina sancocho cada que tiene visita.

Tener a su familia ha sido primordial para salir adelante, su hijo de 14 e hija de 23 años le han apoyado siempre, así lo confirma orgullosa su esposa Sandra Osorio, quien no es la excepción, “Es muy chévere porque yo entre más tiempo veo cómo más fácil él hace todo. Cuando traen cosas yo le digo, ‘sí, papi, deje eso tan bonito’ ”.  

Mientras organiza su nueva exposición que hablará sobre la tradición cafetera, don Carlos espera más visitantes, ojalá, quienes como a él esas “bobaditas” que le hicieron tener una idea innovadora, les despierte una acuciosa necesidad por escuchar el pasado. Una bella hojarasca de objetos que atesora con aspaviento, y por los que hoy sostiene: “Yo no sabía que era capaz de hacer esto, yo pensé ‘si logro hacer esto, hago lo que sea’, ¡oiga, y cogí y lo hice!”. 

Foto: Cristian Camilo Galicia.

Por: Cristian Camilo Galicia. Periodista.
Editor: Lina María Serna. Periodista – Editora.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here