#Opinión: Los desplazados, su drama y su esperanza

"Nuestra solidaridad con los desplazados es una obligación que va más allá de la más sofisticada filantropía. Es una condición para vivir en paz en un país que aún debe recorrer caminos difíciles para encontrarla", dice Bernardo Nieto Sotomayor.

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Federico Rios / SEMANA

El número de desplazados por el conflicto armado en Colombia ronda alrededor de los ocho millones de personas. Quienes nunca hemos tenido que dormir debajo de un puente o en plena calle, posiblemente miramos sus vidas con desdén, con molestia, con dudas y, en ocasiones, con verdadera sospecha. Pero nos hemos preguntado: ¿Qué sentimientos experimenta un desplazado?

Muchos desplazados son campesinos que se ganaban la vida honradamente cultivando la tierra. Huyeron dejando su casa y su trabajo, porque se los arrebataron o los amenazaron. Sobreviven vendiendo dulces, cachivaches, tratando de cantar y de explicar su tragedia en los buses y extendiendo su mano esperando limosnas. Tienen que vivir, comer, pagar una habitación para ellos y para sus hijos. Otros vienen de un destruido país vecino en busca de mejores alternativas. Son seres humanos que tratan de reconstruir su vida, golpeados por situaciones que jamás escogieron para sí mismos o para sus hijos. Hoy tienen que ganársela a pulso, en plena calle.

Tratando de entender su dura realidad, encontré un estudio realizado por psicólogos investigadores de la Universidad Javeriana que muestra lo que sucede en la mente y el corazón de los desplazados sin papeles, enfrentando la soledad, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la angustia y la desesperación en un mundo hostil y sin corazón. A pesar de tener ya unos 13 años de publicación (2005), la seriedad del análisis sigue vigente y me movió a escribir estas líneas.

El miedo y la ansiedad son el trauma del desplazado que ha perdido a sus padres, hijos, hermanos, familiares o amigos por asesinatos y masacres, agredidos por matones sin corazón que les causaron heridas profundas de difícil cicatrización. En los niños causan pesadillas, tristeza y sentimientos de abandono. Les sobrecoge una sensación de indefensión y vulnerabilidad. Los adultos se sienten observados y amenazados por doquier; creen que en las calles hay ojos escrutadores de los paras que les han seguido.

La tristeza invade a la madre que se desvela hasta el amanecer viendo a sus hijos dormidos y con el estómago vacío y sin nada para darles. La vergüenza ataca la autoestima cuando hay que presentarse ante otros a contar su historia y a suplicar una oportunidad para ganarse la vida con un trabajo honrado. Hay quienes intentan quitarse la vida abrumados por la desesperación y por el miedo patológico que les impide encontrar salidas a su desesperanza.

Con ayuda seria y profesional, sin embargo, es posible salir adelante. El acompañamiento psicosocial y el encuentro con otros en igual condición y con deseos de superación, brinda confianza y deseos de recuperación. Cuando se es capaz de decir: ‘tengo que salir adelante’, comienza el fin del terrible drama. Para ello es necesaria la solidaridad real que convierte el sufrimiento en esperanza. El desplazado tiene que encontrar soluciones reales, un trabajo productivo y debe reconocer sus resortes espirituales y morales. La fe en Dios, hecho solidario en sus hermanos, es un soporte valioso y reconstructor.

Nuestra solidaridad con los desplazados es una obligación que va más allá de la más sofisticada filantropía. Es una condición para vivir en paz en un país que aún debe recorrer caminos difíciles para encontrarla. Nuestro apoyo financiero y de servicio a Fundaciones serias que se dedican a esta labor debe ser real, concreto y generoso. (Le puede interesar: Quiero creer) 

PorBernardo Nieto Sotomayor- Equipo Editorial El Campesino.

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