#Opinión: Reflexiones en tiempo de pandemia parte 2

#Opinión | "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo".🌿✏️

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Aunque esta frase es atribuida a Voltaire, alumno de los jesuitas en época de la ilustración francesa, en realidad su autora es la escritora británica Evelyn Beatrice Hall, una estudiosa de su vida y obra. En 1906 ésta investigadora publicó una biografía titulada ‘Los amigos de Voltaire’. Ella la usaba ilustrativamente para indicar la manera de pensar, creer y vivir del filósofo.

Me identifico con esa frase completamente. Pienso que esa expresión puede ser muy útil en este tiempo de querellas y disputas del ambiente político nacional. Unos y otros opinan a favor y en contra de hechos jurídicos sobre los que leemos y escuchamos en los medios de comunicación.

En mi forma de pensar procuro guiarme por la Declaración de los Derechos Humanos que tuve que estudiar a fondo durante mis casi diez años de trabajo en UNICEF y que fueron un magnífico complemento en mi formación. Cada persona es la misma y una sola, cuando ama, cree, piensa y actúa, y cada uno es responsable de sus actuaciones con todas las consecuencias de lo que hace. Por eso respeto y acepto lo que cada uno ama, cree, piensa y la forma como actúe, siempre y cuando respete integralmente lo mismo en los demás y acate las leyes que nos rigen.

Todos los seres humanos, independientemente del país o de la región en que hayamos nacido tenemos la misma dignidad, los mismos derechos y la misma grandeza ante la ley. Por eso nadie puede ser condenado o discriminado por la forma como piensa, por sus convicciones ideológicas o políticas. Sin embargo, entiendo perfectamente que es muy costoso, emocionalmente hablando, aceptar las posiciones ideológicas y políticas de otros cuando contradicen las nuestras.

Nuestras leyes también respetan las creencias y experiencias espirituales de cada persona. Habiendo nacido en culturas diferentes, los seres humanos somos necesariamente distintos. Cada uno es absolutamente responsable de su conciencia y de sus experiencias espirituales y, al final de la vida, ellas son el único tesoro que nos da serenidad para enfrentar la muerte. En mi caso personal, mi experiencia espiritual es, también, la razón y el motor de mi acción.

Más allá de la forma como pensemos y de nuestras creencias religiosas, todos, sin excepción, tenemos que cumplir las leyes que nos rigen, como garantía de la convivencia pacífica entre los ciudadanos. Todos somos iguales ante la ley. Nuestro país, como nación libre, soberana y democrática, tiene una Constitución Política que rige nuestra forma de gobierno, de elegir a nuestros gobernantes, legisladores y jueces. No pocas veces, sin embargo, los intereses individuales, y los de quienes se disputan el poder, se quisieran anteponer al bien común e incluso, pasar por encima de las leyes. Por eso existen autoridades que velan por su cumplimiento y hay jueces que determinan si alguien las ha violado y que deciden la pena que debe pagar quien sea culpable de tales hechos.

Pienso que la única manera de garantizar la paz, la convivencia y la democracia, es defender las instituciones que nos rigen; ¡a todas ellas!

En medio de las agrias disputas y del crispado ambiente político en que vivimos, es necesario tomar distancia y mirar todo el panorama, mirar el bosque y no solamente el árbol que tenemos en frente. Debemos actuar con absoluta y total responsabilidad, para respetar los derechos de los demás y lograr que nuestro país avance, superando los problemas que tenemos, los cuales son mucho más graves que las actuales discusiones políticas sobre hechos que deben resolver las autoridades judiciales.

Por ejemplo, en medio de la crisis, la corrupción amenaza gravemente los dineros y recursos públicos particularmente; el desempleo se ha agudizado hasta límites que no conocíamos; las angustias y el hambre de los más pobres son reales; los alimentos pueden escasear por la falta atención, subsidios y apoyo a los campesinos; los estudiantes rurales y de las ciudades tienen muchas dificultades para seguir su aprendizaje a distancia y tienen tremendos problemas de aislamiento, fallas en internet y no se sabe todavía cuándo podrán volver con seguridad al colegio y a la universidad; en medio de la pandemia continúan la violencia, el narcotráfico, el asesinato de líderes y de jóvenes, el crecimiento de la violencia intrafamiliar, de las desigualdades sociales y económicas y la destrucción inmisericorde de nuestros recursos naturales.

Todo eso se une a la lucha diaria de las autoridades para contener el avance de la pandemia. Estas labores requieren toda la energía y el esfuerzo de quienes deben manejar el país. Su capacidad de análisis, su solidaridad en la toma de decisiones económicas, legales y judiciales acertadas, deben consumir todas sus energías. Por nuestra parte, lo mínimo que podemos hacer es asumir con toda responsabilidad el cuidado de nuestra salud y la de todos.

Más allá de todas las ambiciones humanas que agotan nuestra vida, creo que sólo podemos superar nuestras diferencias si somos capaces de elevarnos sobre ellas, si podemos respetarnos y tenemos la grandeza de determinar y decidir qué es lo fundamental y lo que más atención requiere en quienes más lo necesitan.

El respeto de las ideas debe estar guiado por ese sabio principio de la historiadora. “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Pero sólo con sabiduría generosidad, honestidad y solidaridad, se pueden atender las prioridades de nuestra patria que son, en definitiva, las de los excluidos y marginados.

*Esta nota periodística no representa la postura de Acción Cultural Popular – ACPO organización dueña de la marca registrada Periódico El Campesino y www.elcampesino.co. Con ello, tampoco compromete a la organización ni al periódico en los análisis realizados, las cifras retomadas, los entrevistados que aparecen, entre otros.

Por: Bernardo Nieto Sotomayor. Equipo Editorial Periódico El Campesino.