#Opinión El campo y la poesía

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Foto de: Ignacio “Iñaki” Chaves

La casualidad, o la decisión humana intencionada o no, ha situado contiguos en el calendario los días internacionales dedicados a los bosques, al agua y a la poesía, que tanto tienen que ver con el campo. Porque en el campo se unen la naturaleza con la lírica para construir identidad y narrar la vida. A lo largo de la historia el campo ha servido de inspiración para la poesía, la bucólica, la melancólica, la nostálgica, la social, la política y la humana.

Celebrar los árboles (21 de marzo) y el agua (22 de marzo) con la poesía (también el 21 de marzo), elementos y aspectos tan relevantes para la vida y para el ser humano, es conmemorar la naturaleza que nos acoge y nos alimenta el cuerpo y festejar uno de los alimentos del espíritu. “Hay una música que me invade sin cesar, es la poesía, la música del alma”, como recita Rita Mestokosho, poetisa de la nación Innu del Canadá.

Para la gente del campo evocar la tierra, el terruño que nos vio nacer y crecer, la patria de nuestras abuelas y abuelos, es conectarse con la vida y con el mundo. En “canción de la vida profunda”, Porfirio Barba Jacob nos dice “hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, / como en abril el campo, que tiembla de pasión; / bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, / el alma está brotando florestas de ilusión.”

El valor del campo es el valor de la tierra, esa que el jefe indio Seattle le recordó al hombre blanco: “Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos. Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.”

En el campo se juntan la pasión, la ilusión y la espiritualidad con otra manera de pararse frente a la realidad que nos rodea e invade; más natural y más humana. Más cercana a la tierra, a las raíces, a esa otra forma de entender la vida que reconoce y respeta la Pachamama.

El poeta argentino Rubén Sada lo escribía así:

Hombre de campo que habitas /

en la tierra y la cultivas / y recoges el noble fruto / de tierra virgen y suelo bruto. /

Campesino, tú que cosechas / canciones tristes y endechas, / y esperas alegre y con fe / que la tierra producto dé.

Pareciera que relacionarse con el campo y sus actividades es de países poco desarrollados, que para poder avanzar hay que ser industrializado, cuando sin la agricultura y sus productos, sin la naturaleza que filtra el aire, regula la fotosíntesis y contribuye a frenar el efecto invernadero, la vida sobre el planeta no tendría futuro (un futuro que comprometemos con toda la explotación y la esquilmación a la que lo sometemos).

Como cantan los mexicanos Exterminador “Del campo a la ciudad se pierde la inocencia, allí solo hay amor y aquí solo hay violencia; quisiera regresar al campo y sus praderas, sé que no volveré pero lo extrañaré hasta que me muera”. Le puede interesar #Opinión: La mujer y su constante lucha por una vida digna

La poesía y lo campesino van juntos, así como lo escribieran tanto Lorca como Machado. El poeta de Granada lo recita de esta guisa en su poema “Campo”:

“El cielo es de ceniza.

Los árboles son blancos,

y son negros carbones

los rastrojos quemados.

Tiene sangre reseca

la herida del Ocaso,

y el papel incoloro

del monte está arrugado.

El polvo del camino

se esconde en los barrancos,

están las fuentes turbias

y quietos los remansos.

Suena en un gris rojizo

la esquila del rebaño,

y la noria materna

acabó su rosario.

El cielo es de ceniza,

los árboles son blancos.”

Por: Ignacio “Iñaki” Chaves. Equipo Editorial El Campesino.

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